Cuentos para soñar despierto

La Pequeña Estrella de la Paz


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Un cuento sobre personajes históricos inspiradores para niños.


En un rincón mágico del mundo, donde los ríos cantaban melodías suaves y los árboles susurraban secretos al viento, nació un niño llamado Mahatma. Era una noche estrellada, con la luna sonriendo desde el cielo como una gran galleta de plata, y las luciérnaces bailaban alrededor de su cuna tejida de hilos de sueños. Mahatma creció en una casita humilde, rodeada de jardines llenos de flores que olían a jazmín y a miel fresca. Su mamá le contaba historias de animales sabios y de personas bondadosas que compartían todo con todos, y su papá le enseñaba a caminar con pasos ligeros, como si el suelo fuera de algodón. Desde muy chiquitito, Mahatma sentía en su corazón un calor especial, como si una estrellita brillante viviera dentro de él, iluminando todo lo que tocaba. Jugaba con sus hermanos bajo el sol dorado, persiguiendo mariposas de colores arcoíris y construyendo castillos de arena que parecían palacios flotantes. Pero en ese mundo mágico, Mahatma notaba algo curioso: a veces, la gente discutía por tonterías, como quién tenía el juguete más bonito o quién corría más rápido, y eso ponía nubes grises en el cielo azul de la amistad.A medida que crecía, Mahatma se convirtió en un muchachito de ojos curiosos y sonrisa infinita, con el pelo negro como la noche y las manos siempre listas para ayudar. Un día soleado, mientras caminaba por un sendero cubierto de pétalos rosados, vio a dos conejitos peleando por una zanahoria gigante. "¡Es mía!", gritaba uno, con las orejas tiesas y los bigotes temblando. "¡No, es mía!", respondía el otro, saltando de un lado a otro. Mahatma se acercó despacito, con el corazón latiéndole como un tamborcito alegre. "Amiguitos peludos", dijo con voz suave como el roce de una pluma, "¿por qué no la parten por la mitad y la comparten? Así, los dos podrán disfrutar de su dulzor crujiente". Los conejitos se miraron, parpadearon con sorpresa y, poco a poco, sus rabitos se movieron contentos. Mordisquearon la zanahoria juntos, riendo con saltitos, y el sol brilló aún más fuerte, pintando el cielo de tonos naranjas y rosas. Mahatma sintió que su estrellita interior crecía un poquito más, cálida y brillante. Desde ese día, empezó a notar que en su aldea mágica, donde las casas eran como dulces de jengibre y los pájaros cantaban nanas, había muchos animalitos y niñitos que discutían por colores de plumas, por bayas del bosque o por quién llegaba primero al columpio del gran roble. "No hace falta pelear", pensaba Mahatma, "la magia está en ser amigos y ayudarnos todos"....

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