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Un cuento sobre personajes históricos inspiradores para niños.
En un rincón mágico del mundo, donde los colores del cielo se mezclaban con los sueños de los niños, nació una niña llamada Frida. Era un día soleado en una tierra lejana llamada México, llena de flores brillantes como arcoíris y pájaros que cantaban melodías alegres. La casita de Frida estaba rodeada de un jardín enorme, con buganvillas rojas que trepaban por las paredes como enredaderas encantadas, y el aire olía a tierra húmeda después de la lluvia, a naranjas dulces y a jazmines que abrían sus pétalos al amanecer. Frida era pequeñita, con ojos grandes y curiosos como los de un gatito, y desde que era muy chiquita, el mundo le parecía un lienzo gigante esperando ser pintado. Sus papás la miraban con sonrisas tiernas y le decían: "Frida, mi amor, tú ves magia donde otros ven solo cosas comunes". Y así era, porque Frida no caminaba por el jardín como los demás niños; ella lo danzaba, tocando las hojas suaves de los árboles, oliendo las rosas perfumadas y sintiendo el viento juguetón en su cabello negro como la noche estrellada.Cuando Frida tenía seis años, algo maravilloso y un poquito triste le pasó. Jugaba en el jardín una mañana de agosto, persiguiendo mariposas de alas doradas que revoloteaban como hadas traviesas. De repente, el suelo tembló como si un dragón gigante estuviera despertando debajo de la tierra. Era un terremoto, un movimiento fuerte que sacudió todo: las flores se mecían locas, las campanas de la iglesia repicaban solas y el cielo parecía llorar con nubes grises. Frida cayó y se lastimó mucho las piernitas. Los doctores la llevaron a una cama grande y suave, donde tuvo que quedarse quietecita muchos meses, como una princesita en una torre encantada. Al principio, lloraba bajito porque no podía correr ni saltar con sus amiguitos. El cuarto olía a medicinas dulces y a sábanas limpias, y desde la ventana veía el jardín moverse sin ella, con sus flores abriéndose al sol como sonrisas lejanas. "¡Quiero pintar el mundo!", le decía a su mamá con voz chiquita. Su mamá, con ojos llenos de amor, le trajo crayones de colores brillantes, pinceles suaves como plumas de pájaro y papeles que crujían al tocarlos....
Escucha el cuento completo para saber qué pasa.
By Cuentos para soñar despiertoUn cuento sobre personajes históricos inspiradores para niños.
En un rincón mágico del mundo, donde los colores del cielo se mezclaban con los sueños de los niños, nació una niña llamada Frida. Era un día soleado en una tierra lejana llamada México, llena de flores brillantes como arcoíris y pájaros que cantaban melodías alegres. La casita de Frida estaba rodeada de un jardín enorme, con buganvillas rojas que trepaban por las paredes como enredaderas encantadas, y el aire olía a tierra húmeda después de la lluvia, a naranjas dulces y a jazmines que abrían sus pétalos al amanecer. Frida era pequeñita, con ojos grandes y curiosos como los de un gatito, y desde que era muy chiquita, el mundo le parecía un lienzo gigante esperando ser pintado. Sus papás la miraban con sonrisas tiernas y le decían: "Frida, mi amor, tú ves magia donde otros ven solo cosas comunes". Y así era, porque Frida no caminaba por el jardín como los demás niños; ella lo danzaba, tocando las hojas suaves de los árboles, oliendo las rosas perfumadas y sintiendo el viento juguetón en su cabello negro como la noche estrellada.Cuando Frida tenía seis años, algo maravilloso y un poquito triste le pasó. Jugaba en el jardín una mañana de agosto, persiguiendo mariposas de alas doradas que revoloteaban como hadas traviesas. De repente, el suelo tembló como si un dragón gigante estuviera despertando debajo de la tierra. Era un terremoto, un movimiento fuerte que sacudió todo: las flores se mecían locas, las campanas de la iglesia repicaban solas y el cielo parecía llorar con nubes grises. Frida cayó y se lastimó mucho las piernitas. Los doctores la llevaron a una cama grande y suave, donde tuvo que quedarse quietecita muchos meses, como una princesita en una torre encantada. Al principio, lloraba bajito porque no podía correr ni saltar con sus amiguitos. El cuarto olía a medicinas dulces y a sábanas limpias, y desde la ventana veía el jardín moverse sin ella, con sus flores abriéndose al sol como sonrisas lejanas. "¡Quiero pintar el mundo!", le decía a su mamá con voz chiquita. Su mamá, con ojos llenos de amor, le trajo crayones de colores brillantes, pinceles suaves como plumas de pájaro y papeles que crujían al tocarlos....
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