En ciertos ámbitos intelectuales y militantes, generalmente de izquierda, se ha vuelto muy común la tesis que afirma que la ética y la política son incompatibles, en la que parece haber una intuición: aquel que quiera ser bueno, veraz, honesto, sincero, transparente, justo en política, fracasará necesariamente entre tantos que no son.
¿En qué ética están pensando estas personas? ¿Hay un sola forma de hacer y proponer una ética? ¿Qué pasa cuando la política suspende toda valoración ética en nombre de la conquista, mantención y expansión del poder?
En este capítulo reflexiono sobre estas cuestiones axiológicas y sus posibles implicancias en la vida social.