Imaginen la escena: Una carpeta de cartón gastado. Un lazo de tela negra. El sonido de una máquina de escribir que golpea con fuerza en la penumbra de un despacho en 1938.
A veces pensamos que los regímenes autoritarios se construyen solo con los tiros en la nuca o los muros de una prisión. Pero hay otra violencia, más silenciosa, meticulosa y burocrática, que se ejerce con tinta y papel.
Una violencia que consiste en registrar cada nombre, cada movimiento, cada sospecha, hasta lograr que todo un país se sienta vigilado en la intimidad de su propia casa. Hasta el punto de tener tanto miedo que, al referirte a un tomate, prefieras decir que es encarnado y no rojo.
Hoy nos adentramos en la trastienda de ese control. Viajamos al corazón de un archivo que nació con vocación policial y represiva: el Archivo de Salamanca, el lugar donde se diseñó la radiografía del "enemigo" y de donde brotaron mecanismos tan cotidianos y familiares hoy en día como nuestro propio Documento Nacional de Identidad.