Las últimas elecciones del 10N dejaron un panorama desalentador a la hora de facilitar gobiernos de coalición (en solitario son absolutamente imposibles), con un sistema de 16 partidos con representación parlamentaria.
A las malas hemos descubierto una realidad que en países como Alemania (en la República de Weimar) o Chile (en la época de Allende) les costó muy caro descubrir: el multipartidismo, siempre que tenga partidos extremos y dinámicas desintegradoras, es el camino hacia el desastre político.
¿Hay formas de lograr, por medio de la ingeniería electoral, revertir esta situación de altísima inestabilidad? Sí, las fórmulas mayoritarias.