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Cuando Gustave Eiffel propuso su torre de hierro para la Exposición Universal de 1889, la mayoría la consideró una aberración.
Arquitectos, artistas y críticos la llamaron monstruosa, inútil e incluso una amenaza para la estética de París.
Pero Eiffel no veía solo una torre.
Veía una demostración pública de lo que la ingeniería podía lograr:
una estructura de 300 metros, construida con 18.038 piezas de hierro forjado, ensambladas con una precisión milimétrica y una comprensión profunda del viento, el peso y la elasticidad del metal.
La Torre Eiffel fue un experimento arriesgado que cambió la historia.
Demostró que la belleza también podía ser funcional, que la innovación podía sostenerse sobre cálculos, y que la ingeniería —cuando se atreve— puede transformar el escepticismo en admiración.
Hoy, más de un siglo después, sigue en pie.
Ligera, flexible y eterna.
La estructura imposible… que se volvió símbolo de la humanidad.
By Manuel García GallegosCuando Gustave Eiffel propuso su torre de hierro para la Exposición Universal de 1889, la mayoría la consideró una aberración.
Arquitectos, artistas y críticos la llamaron monstruosa, inútil e incluso una amenaza para la estética de París.
Pero Eiffel no veía solo una torre.
Veía una demostración pública de lo que la ingeniería podía lograr:
una estructura de 300 metros, construida con 18.038 piezas de hierro forjado, ensambladas con una precisión milimétrica y una comprensión profunda del viento, el peso y la elasticidad del metal.
La Torre Eiffel fue un experimento arriesgado que cambió la historia.
Demostró que la belleza también podía ser funcional, que la innovación podía sostenerse sobre cálculos, y que la ingeniería —cuando se atreve— puede transformar el escepticismo en admiración.
Hoy, más de un siglo después, sigue en pie.
Ligera, flexible y eterna.
La estructura imposible… que se volvió símbolo de la humanidad.