Por Pablo Callejón
Desinformación y miedo. En algunos casos, mala información. Mensajes que se multiplicaron entre comunicadores y políticos dispuestos a jugar con la credibilidad del proceso vacunatorio y sus efectos. Sin más argumentos que una maraña de prejuicios, apelaron a la intensidad. En cada espacio mediático a disposición desestimaron a los laboratorios por su origen, apelaron a presuntos canjes de partidas por negocios de energía nuclear, relacionaron resultados científicos con la inoculación de veneno y apostaron a consolidar una faceta negativa de las vacunas. Sino la hallaban, la inventaban. Resueltos a dinamitar el mayor plan de vacunación de la historia argentina, desarrollado en medio de un proceso de pandemia y en una disputa mundial inédita por el acceso a las dosis, evaluaron que en lugar de la vida de los argentinos lo que estaba en juego era una mera disputa electoral. Se convencieron, y lograron convencer a muchos, que en el fracaso de una política sanitaria estaba la oportunidad para el éxito de su embestida política. Hicieron bandera de derechos en los que no creen. Si antes la preocupación era caer en la educación pública, hoy era necesario hacerlo, incluso a costa de la ola de contagios y muertes. El Gobierno nacional se sumó a muchos de esos debates estériles, haciéndose parte de una lógica perversa que le arrebató convicciones a las políticas que hubieran ratificado un escenario diferente a los casi 100 mil muertos y más de 4 millones 500 mil infectados...