En la ribera este de la Vía Láctea moraba una tejedora, hija de un Emperador Celestial. Abrigaba el cielo con las nubes que tejía, las hacía de colores y con dibujos bonitos. Pero, así como cuidaba del firmamento y de su trabajo con tanto ahínco, descuidaba su propia apariencia. Se la veía toda desarreglada, frecuentemente olvidaba ducharse, su aliento apestaba a ajo, no cepillaba su cabello y estaba siempre sola.