Un hombre libre nos dice que “primero es bala”. El señor de ínfulas de acero se siente libre para desenfundar. O para que otros lo hagan por él. Libertad para transformar “a un par de delincuentes en queso gruyere”. Libertad para ejercer el miedo sobre los otros. Libertad que se apropia de la vida vencida, marginal, vulnerable y pobre. Libres, profundamente libres, para decidir que “empiecen a tener miedo”. Una libertad que necesita ver que “algunos terminan bien agujereados antes”. El poder de apuntar entre los ojos y gatillar hasta asegurar el fin de la presa. La bala que persigue, vence la piel y asfixia el corazón vencido por la propia muerte. La bala que antecede el martillo en las manos firmes y libres de José Luis Espert.