La historia sigue a Elías, el último heredero de la linajuda familia Valdemar, quien tras la muerte de su abuelo descubre que su herencia no es una fortuna, sino una condena arquitectónica. La mansión familiar es en realidad un organismo vivo y consciente que se alimenta del sufrimiento y los recuerdos de sus habitantes para mantener la estabilidad de la realidad misma.