Por Pablo Callejón
Conocíamos muy poco del coronavirus, pero sabíamos demasiado de nosotros mismos. No como un colectivo homogéneo que algunos describen bajo la generalidad de “la gente”, sino en esa compleja heterogeneidad en las que también podemos ser capaces de mostrarnos como seres injustos, prejuiciosos, irracionales y egoístas. La emoción del aplauso a trabajadores de la salud puede reunirnos a la misma hora y en los mismos lugares donde exigimos que nadie se atreva a meterse con nuestras libertades de contagio. Nos jactamos por desestimar la enfermedad y al poco tiempo, caemos en el miedo y la desesperanza si algún ser querido pierde el ritmo de la respiración por el virus. Hemos sido capaces de exigir el prospecto de vectores adenovirales de una vacuna, aunque conservemos en la alacena los remedios que utilizamos sin prescripción médica. Hicimos lo que pudimos y casi siempre, actuamos como somos. Las jerarquías y desigualdades sociales no mejoraron por la pandemia. No vamos hacia un mundo mejor. Los que menos tienen tuvieron más dificultades para acceder al agua que desinfecta y al jabón que elimina las secuelas del Covid. La pasaron peor cuando se contagiaron y les costó hallar un lugar en sus hogares donde no contagiar a los otros. Tuvieron más temor de perder sus empleos y se quedaron fácilmente sin trabajo. Fueron estigmatizados por recibir una asistencia social aunque los más ricos obtuvieran miles de millones de pesos en subsidios y garantías del Estado. No resultamos mejores, ni más justos, ni más solidarios...