Dios nos ha dado la capacidad de pensar y razonar. Cada actividad humana y cada argumento teológico suponen nuestra capacidad de pensar y sacar conclusiones. Nosotros no respaldamos una fe irracional. Sin embargo, como consecuencia de la Ilustración del siglo XVIII, la razón humana asumió un papel nuevo y dominante, especialmente en la sociedad occidental, que va mucho más allá de nuestra capacidad de pensar y llegar a conclusiones correctas.