Llegué a Nápoles buscando a Plinio, el Viejo, y tropecé por casualidad con Leopardi.
Llegué a Nápoles tras las huellas de un joven comandante que mandó la caballería romana en la conquista de Germania y me encontré con un pobre enfermo malformado y solitario.
Llegué a Nápoles buscando al autor de la vasta Historia Natural y prefecto de la flota romana en Miseno en el momento de la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya y me encontré con un moribundo que en su mano cerrada guardaba celosamente un papel con unos versos titulados “El gorrión solitario”, en los que andaba lamentándose de la juventud perdida; de una juventud miserable que lo abocó a encerrarse en sí mismo y a declararse poeta de la infelicidad y el desencanto.