Lidya Cota Podcast

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Lidya Cota Podcast episodes

  • El equilibrio no es un punto fijo, es un movimiento constante

    Muchas veces me he preguntado cómo equilibrar lo que hago para generar dinero con todo lo demás: mis hijos, mi pareja, mi autocuidado. Criarlos, disfrutarlos, estar presente. Compartir con mi esposo, reírnos, platicar. Y darme espacio para leer, descansar, cuidarme.

    Para mí, el equilibrio es como caminar en cuerda floja: no es estar fija, sino ajustar constantemente. Así vivo: atendiendo lo que más importa en cada momento. Si el negocio me necesita, se lo doy. Cuando no, recupero el tiempo con mis hijos. Hay días que puedo platicar horas con mi esposo; hay semanas en que elijo simplemente estar con mis hijos.

    A veces creemos que el equilibrio debe verse de cierta forma, pero yo pienso que es interno. No se trata de agendas perfectas, sino de cómo te sientes con tus decisiones. Mi equilibrio depende de mis prioridades. Aunque oigo frases como “no te olvides de ti”, sé que elijo conscientemente, desde lo que valoro.

    Lo esencial para mí son mis vínculos. Cuidar a quienes amo implica trabajar, elegir, renunciar, pero sin perder de vista lo importante.

    A mis 44 años, sé que físicamente no estoy en mi mejor momento, pero me siento bien. Mi conciencia está tranquila porque sé que doy lo mejor en lo que realmente importa.

    Y cuando mire atrás, sabré que elegí con el corazón.

    Eso, para mí, es el verdadero equilibrio.



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    4 min
  • Mi mayor logro

    Si me preguntas cuál ha sido mi mayor logro, no te hablaría de premios ni de proyectos. Te diría que fue haber superado la depresión. Más de una década ha pasado desde que salí de ese lugar oscuro y no hay palabras suficientes para describirlo. Pero si tú, que me escuchas, estás ahí, quiero decirte que sí hay un cielo azul allá afuera. Sí hay vida en la vida. Búscala. Busca ayuda, busca soluciones. No te rindas.



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    1 min
  • La infancia es un milagro y el amor de una hija, el premio más grande

    Siento tanta ternura cuando veo a mi pequeña subir las escaleras, aprendiendo del mundo con cada movimiento, iniciándose en algo tan simple pero tan grande como subir escalones. La veo descubrir, sorprenderse con lo que la rodea, preguntarme: “¿Qué es eso?” y notar en su mirada la chispa de la inteligencia, la curiosidad infinita.

    Me asombra cuando dice nuevas palabras, cuando inventa formas de decirlas, cuando arma frases que no había dicho antes. Cuando la descubro más humana, más parecida a nosotros, pero también completamente única. Ahora no solo imita, ahora toca, prueba, experimenta, aprende.

    Leí alguna vez que la infancia es un milagro cotidiano. Y es cierto. Ver a un niño aprender es presenciar la magia de la vida en su estado más puro.

    Me enternece verla. Me gusta mirarla a los ojos, responderle, escucharla. Hace dos noches, por primera vez, me dijo:

    “Te quiero mucho, mamá”.

    Y yo acepté ese amor. Lo acepté verdadero. Lo recibí como mi premio.

    Porque es un premio. Y qué fortuna la mía de ganarlo cada día.

    Escrito en 2024



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    2 min
  • Los árboles nos enseñan que seguir de pie también es una forma de avanzar

    Tan simple como salir a caminar y observar los árboles. Los árboles, con su paciencia infinita, han visto pasar generaciones. Y hay algo tan reconfortante en eso. Saber que han estado ahí por años, décadas, tal vez siglos. Han resistido tormentas, han crecido torcidos cuando ha sido necesario, pero siguen ahí. Como nosotros los humanos, de alguna manera.



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    1 min
  • Dieta mental digital

    Cuando paso demasiado tiempo en redes sociales, siento que mi energía se drena. Es como si absorbiéramos demasiada información, demasiadas emociones de otras personas, demasiado ruido. Y por eso, a veces elijo alejarme. Aprendí sobre la “dieta mental”, sobre lo importante que es elegir bien lo que dejamos entrar en nuestra cabeza.

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    1 min
  • Compartir en redes no es fácil cuando lo que te detiene no es la falta de ideas, sino el miedo a ser vista

    Hay algo en mí que me dice que debería compartir más en redes sociales, pero al mismo tiempo, hay muchas barreras internas que me detienen.

    La marca personal es un concepto muy mencionado en el marketing digital. Se habla de los beneficios de salir en cámara y de cómo eso ayuda a construir confianza con la audiencia. He tomado cursos sobre el tema, y aunque no soy experta, me interesa porque tengo un pequeño emprendimiento. De hecho, he tenido varios a lo largo de estos últimos 3 años, y eso me ha llevado a estudiar marketing digital.

    En mi negocio actual, he usado un modelo faceless. No sabía que así se llamaba, pero básicamente significa que la marca no tiene un rostro visible. Este emprendimiento lo llevo con mi esposo, y aunque él es el experto, no tiene tiempo para grabar contenido. Yo me encargo del marketing y he logrado posicionarlo sin necesidad de mostrarme.

    Pero aquí viene el dilema.

    Por un lado, sé que mostrar mi cara en redes podría traer beneficios. Muchos expertos en marketing dicen que las personas no compran solo el producto, sino a la persona detrás. Alex Hormozi menciona que sí se puede ganar dinero sin salir en cámara, pero que el impacto es mucho mayor cuando la audiencia te ve y te reconoce. Y tiene sentido: cuando das la cara, generas confianza, atraes clientes y puedes incluso conectar con colaboradores o socios.

    Pero por otro lado, siento que no quiero exponerme en ese contexto. Amo la temática de mi negocio, pero creo que quien debería hablar de eso es mi esposo. Quizá en el futuro me anime, pero por ahora no es algo que sienta natural.

    Sin embargo, hay algo más: siento una necesidad interna de expresarme, de compartir, aunque todavía no tenga un nicho definido. No necesariamente quiero construir una marca personal como estrategia de negocio. Solo quiero hablar de lo que me nace dentro de mi ser.

    Y aquí entra otra barrera: la práctica.

    He intentado seguir guiones, pero cuando los leo, me veo rígida. Probé grabar escenas de mi vida diaria y hacer voiceover, pero me da pena mostrar demasiado de mi entorno. Con dos hijos pequeños, mi casa suele estar desordenada y eso me incomoda. Además, cuando intento hacer voiceover, siempre hay interrupciones. Incluso ahora, mientras grabo esto, sé que tendré que hacer pausas o asumir el ruido de fondo.

    Otro obstáculo es la vergüenza de que me vean mis conocidos. Me incomoda que escuchen mis opiniones y, más allá de la pena, también siento que cuando amigos y familiares me siguen en redes, muchas veces terminan afectando el algoritmo porque no son mi público ideal.

    Me pasó antes. En una cuenta anterior, quería hablar de una experiencia que me molestó con una amiga, pero no lo hice porque sabía que ella veía mis videos.

    Leí una vez que la vergüenza en redes sociales no se supera, se ignora. Pero hasta ahora, no he encontrado una forma efectiva de hacerlo. Varias veces he cerrado cuentas con contenido de un año entero porque me da pena. Y no es solo pena, es casi una fobia.

    Una mentora una vez me dio un consejo: "Antes de grabar, sube tu energía: salta, respira rápido, ponte contenta y luego graba. Eso hará que tu energía se refleje en cámara."

    Quizá eso es lo que me falta.

    O quizá, simplemente, necesito encontrar mi propio ritmo.

    Lo que he decidido por ahora es simple: tomar la cámara y dejar que el destino haga lo suyo.

    Si alguna vez has pasado por algo similar, cuéntame. ¿Te cuesta exponerte en redes? ¿Has sentido esta vergüenza? ¿Cómo lo has manejado?

    Al final, creo que el verdadero éxito en redes no está en seguir una fórmula perfecta, sino en encontrar la manera de compartir que se sienta alineada contigo. Y ese es el camino que quiero explorar.

    Eso es todo. Te mando saludos y gracias por leer. Hasta pronto.



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    5 min
  • Las palabras que usamos para criar también pueden ayudarnos a sanar

    Cuando llevo a mis niños al parque, entre risas y juegos, siempre termino escuchando a otros papás y mamás. Me encanta observar cómo alientan a sus pequeños a intentar nuevas hazañas, y, sin darme cuenta, sus frases se me quedan grabadas.El otro día, una en particular resonó conmigo de una manera especial. Un papá le decía a su hijo:

    "Anda, esto es difícil, pero también tú eres muy fuerte. Es difícil lograrlo, pero tú eres muy fuerte y claro que puedes".

    ¡Qué gran verdad!Me di cuenta de que estas frases, que nacen de forma tan natural cuando queremos impulsar a nuestros hijos, son en realidad verdades universales. Son lecciones que nos sirven a todos, sin importar la edad, para enfrentar nuestros propios desafíos.La próxima vez que estés en el parque, te invito a escuchar con atención. Quizás encuentres en esas frases sencillas, dichas para animar a los más pequeños, la inspiración que necesitas para tu propia vida. Porque al final, todos somos muy fuertes y claro que podemos.



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    2 min
  • El día que me vi en el espejo del probador y no era la misma

    Hace unas semanas, me pasó algo que me dejó callada. Fui a comprar ropa para una fiesta de quince años y, como siempre, entré al probador sin mucha expectativa. Pero esta vez no fue como siempre. Esta vez me vi. No de esas veces que te ves rápido, te pruebas la ropa y sales, no. Esta vez me vi. Me observé. Me escaneé.

    Esos espejos de probador no perdonan: planos, con luz cruda, grandes, sin filtros. Me vi y ahí estaba: mi cuerpo redondo, mis hombros anchos, mi espalda amplia, mis piernas grandes, mi cara ya distinta. Era como ver a mi madre cuando estaba gorda. Me tomé fotos. De frente. De espaldas. Me quedó la ropa de tallas grandes, de esas que en mí, que soy chaparrita, se alargan más de la cuenta. Y no, no me sentí incómoda. Pero sí diferente. Me vi.

    Ese día también vi los harapos con los que iba. Ropa vieja, fea, gastada. Estoy en una época económica complicada, he renunciado a muchas cosas, entre ellas la ropa bonita. Y aunque tengo lo esencial —comida, un hogar hermoso que me encanta, mis hijos, mi trabajo—, también me he ido dejando. Me he dejado de cuidar. No me dan ganas de preocuparme por mí. Lo digo con pena, pero con verdad.

    Sé que necesito hacer algo. Sé que no puedo seguir así. Pero también sé que llevo años haciendo cosas. Desde los 12, desde los 15, he tenido esta lucha con mi cuerpo, con mi peso, con mi autoimagen. Siempre he estado incómoda, incluso cuando era delgada. Hoy que estoy más gorda, curiosamente me siento menos incómoda. Pero eso no significa que esté bien. Significa que me rendí un poco.

    He descuidado mi salud, mi alimentación, mi cuerpo. No tengo una buena cultura alimentaria. Nunca la he tenido. Pero algo cambió desde ese día en el probador. Volví a colgar el espejo grande en la casa, ese que había guardado porque no estaba bien puesto y me daba miedo que le cayera a los niños. Lo volví a poner y ahora me veo más seguido. Me ayuda a no olvidarme.

    Llevo algunos días comiendo mejor. Más fibra, más proteína. No cuento calorías, pero empiezo a estar más consciente. Comí ensalada, pescado, verduras, huevo cocido. Rico. Aunque también me di un gusto. Porque la comida, para mí, también es diversión, consuelo. Sé que no está bien no medir. Lo sé. Pero también sé que necesito tenerme paciencia.

    Soy una mujer de 43 años, estoy amamantando a un bebé de dos, creo en la lactancia prolongada, y eso también hace todo más complejo. No es fácil. Me siento gorda, redonda, cansada. Pero también me siento viva. Me siento observadora de mí misma. Y eso, aunque duela, también es un inicio.

    Ahí voy.Escrito en 2024



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    4 min
  • "Yo no soy mi mente, yo no soy mi cuerpo"

    Uno de los ejercicios gratuitos que propone Sadhguru para la meditación es el mantra "Yo no soy mi mente, yo no soy mi cuerpo". Durante varios minutos, acompañado de una respiración especial, esta frase se repite. Más allá de ser una tecnología yóguica, considero que es una verdad profunda que, al recordarla en los momentos de mayor necesidad, ofrece una perspectiva invaluable.

    Justamente en estos días, he estado enfrentando desafíos de salud y ciertas situaciones propias de mi edad, los cuarenta y cuatro años, así como otras circunstancias. En estos momentos, la capacidad de recordar que a veces lo que ronda por mi mente no soy yo, ha sido de gran ayuda. Los pensamientos poseen diferentes matices, sabores y tonalidades. Es fácil, especialmente cuando uno no se siente bien, dejarse llevar por el pensamiento que parece más conveniente, sintonizando con él. Sin embargo, es crucial recordar que uno no es sus pensamientos; ellos pueden pasar, y siempre llegará un mejor momento. Esta comprensión me ha acompañado en los últimos días, y la verdad, vamos bien.



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    2 min
  • La clave para la creación de contenido auténtico en redes sociales es encontrar una plataforma que resuene con tu energía natural, permitiéndote expresarte sin forzar tu esencia

    Todas las redes sociales tienen su vibra, su cultura, su forma particular de expresarse. No es una regla fija, pero cuando te sumerges por primera vez en una, sientes una tendencia clara. En TikTok, por ejemplo, lo que más percibo es la necesidad de hablar rápido, de ser enérgico.

    He visto cómo funcionan los videos allí: gente hablando a la cámara mientras hace otra cosa –como peinarse o arreglarse las uñas– y esos videos tienen un éxito tremendo. También los tips rápidos, donde el creador se posiciona como experto y suelta consejos a toda velocidad. Pero, insisto, el ritmo acelerado es lo que más me choca.

    ¿Por qué lo noto tanto? Porque, honestamente, siento que mi voz y mi energía no van con TikTok. Ya he tenido mis experiencias publicando ahí. Tuve una cuenta donde compartía mis vivencias con la tecnología y el emprendimiento, todo lo que implementaba en mi negocio. Llegué a poco más de 2,000 seguidores (no es una locura, pero hice más de 100 videos). A pesar de ese esfuerzo, sentía que lo que decía no terminaba de encajar en esa plataforma.

    En otra cuenta de recetas, un día subí un video con fotos de comida saludable, algo que en ese momento no era común en TikTok. ¡Y se me fue viral! Pasé de tener menos de 1,000 seguidores a 9,000 de la noche a la mañana. Pero esas personas me siguieron solo por ese video, en el que ni siquiera aparecía yo. Para seguir creciendo, la lógica me decía que debía repetir esa fórmula, pero no se sentía auténtico. Era como si no me mereciera a esos seguidores, ¿sabes?

    He tenido otras cuentas en TikTok, algunas sin pena ni gloria, y en la de mi emprendimiento, aunque fui constante con el tipo de video que podía hacer y logré 1,000 seguidores (lo cual me interesaba para hacer lives, aunque aún no los he usado para vender), sigo sintiendo que no logro conectar del todo. No doy el ancho con el script ni con la forma de hablar que la plataforma parece exigir.

    Recuerdo un consejo de una mentora: antes de grabar, eleva tu energía. Salta, respira rápido, ponte contento y luego graba. Dice que eso se proyecta en el video. Quizás eso es lo que me falta.

    Pero ahora mismo, no estoy en un punto de mi vida para forzar esa energía. Estoy atravesando un duelo, y lo que busco es un espacio para compartir mis experiencias de forma natural, sin presiones.

    Por eso, me siento tan a gusto en YouTube. Ahí puedo hablar a mi ritmo, sin sentir la necesidad de fingir un entusiasmo que no tengo en ese momento o de acelerar mis palabras. YouTube es más amigable en ese sentido, acepta todo tipo de videos. Sí, también tiene su estrategia para lograr vistas (de hecho, tengo videos con cero vistas en mi canal), pero está bien. Ahora mismo, mi prioridad es practicar y ser fiel a mí misma.

    Quizás en algún momento aprenda a dominar TikTok. Tal vez esta práctica en YouTube me sirva para, más adelante, llegar a esa plataforma con una mejor estrategia. Lo importante es encontrar dónde te sientes cómoda para crear contenido sin forzarte a encajar en un molde.

    Gracias por leer.



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    5 min

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