Unamos nuestra voz con el canto de los salmos de la liturgia de las horas a la voz de la Iglesia para alabar, adorar, bendecir, agradecer a nuestro Dios por su gran misericordia para con nosotros sus hijos. Así como el pueblo de Israel caminó por el desierto hacia la tierra prometida, nosotros caminamos hacia la patria celestial. Y como el pueblo de Israel nuestro Dios nos acompaña. Cómo no decir como el salmista: "me brota del corazón un poema bello".