La santificación humana y el culto a Dios se dan en la Liturgia de las Horas de forma tal que se establece aquella especie de correspondencia o diálogo entre Dios y los hombres, en que “Dios habla a su pueblo… y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración”. Unamos nuestra voz a toda la voz de la Iglesia con el canto se los salmos, para alabar, bendecir, adorar, agradecer a Dios por su gran Misericordia para con nosotros sus hijos.