El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia, con una maravillosa variedad de formas. Una de estas formas es el canto de los salmos de la liturgia de las horas. Unamos nuestra voz con la voz de la Iglesia para adorar, alabar, agradecer, a nuestro Creador por su infinita misericordia con cada uno de nosotros sus hijos.