En la liturgia de las horas la Iglesia, desempeñando la función sacerdotal de Cristo, su Cabeza, ofrece a Dios, sin interrupción, el sacrificio de alabanza, es decir, la primicia de los labios que cantan su nombre. Unamos nuestra voz a la voz de la Iglesia con los salmos de la liturgia de las horas para ofrecernos en unión con Cristo como hostias vivas agradables a nuestro Creador.