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Daniel Matamala conversa con el meteorólogo Roberto Rondanelli y el exministro de Medio Ambiente Marcelo Mena. Este 2026 ya hemos tenido tormentas de arena en Iquique, aluviones en Tocopilla, grandes inundaciones en zonas desérticas y semi desérticas del norte, graves daños por vientos en Pucón, desbordes de ríos en la Araucanía y el Biobío, etcétera, etcétera.
Y ahora, por si no fuera suficiente, la naturaleza golpea directamente la puerta del lugar donde se toman las decisiones en este país centralista; en Santiago, un octubre que ni deberíamos olvidar, el octubre más lluvioso en la historia de la ciudad.
La crisis climática se ha mezclado con un fenómeno de El Niño que aun no llega a su peak, y que amenaza con ser uno de los más grandes de los que se tenga registro.
El mensaje es claro. Se acabó el tiempo. Chile tiene que entender que la crisis climática está con nosotros, que es la nueva normalidad y por lo tanto que necesitamos las capacidades de monitoreo, prevención y respuesta para hacer frente a fenómenos climáticos extremos que nos van a acompañar de aquí en adelante.
Daniel Matamala conversa con elexministro de Hacienda Nicolás Eyzaguirre y con el académico Raphael Bergoeing. El desempleo sigue subiendo, ya está en un millón de personas, y la economía se sigue hundiendo con otro índice negativo del 1,5%. Libertad y Desarrollo, el think tank neoliberal que ha aplauidod al ministro Quiroz, ya admite que este será “un año perdido”, en que la economía crecerá cero, o incluso cerrará en números rojos.
Sería algo sin precedentes. Hermann González, coordinador macroeconómico de Clapes UC dicq “que podríamos ver una contracción del PIB sin una recesión mundial, y esto es inédito en la historia económica de nuestro país”.
Claro, nuestras últimas recesiones llegaron en medio de crisis mundiales: la pandemia en 2020, la crisis subrpime en 2008, la crisis asiática en 1999. Ahora, en cambio, el mundo está creciendo. Cepal proyecta crecimiento promedio de 2,4% para Sudamérica, con todos los países en números azules. Es un año normal, con el mundo creciendo, dice González. Claro, hay problemas: una guerra con crisis petrolera (tal como la hubo en 2022). Y también ventajas: el precio del cobre está en niveles récords.
Este año perdido entonces, se debe a factores internos. A una economía que venía débil, creciendo al 2%, y que este gobierno en vez de impulsar, frenó, con el gigantesco error del bencinazo. El minsitro Quiroz desactivó el mecanismo de estabilización de combustibles jutso cuando más se necesitaba, y generó un shock de precios, de consumo, de confianza y finalmente de desempleo.
Daniel Matamala conversa con el excanciller Alberto van Klaveren y con la exsubsecretaria de RREE Gloria de la Fuente
Ya no es una crisis. Son múltiples crisis simultáneas que han sumergido a nuestra cancillería en el caos. Basta un breve recuento para entender cómo nuestra política exterior, usualmente un motivo de unidad y consenso, ha descendido de pronto en un pantano de confusión y perplejidad por la forma en que Chile está enfrentando a un mundo desafiante.
La lista es interminable. Veamos: la adhesión al Escudo de las Américas, rompiendo nuestra política de multilateralismo y no subyugación a ninguna potencia; el respaldo de Chile a acciones que van contra nuestras políticas permanentes, como los ataques militares a Venezuela e Irán; la ruptura del tratado de libre comercio con EEUU por la imposición de aranceles unilaterales; la errática respuesta al caso del cable chino, en que aceptamos en la práctica el patronzago de una potencia extranjera sobre nuestras decisiones; las múltiples intervenciones de los embajadores de EEUU e Israel en nuestra política interna; la ruptura del consenso interno con la interpelación al canciller y la carta de los expresidentes Boric y Bachelet, rompiendo la norma no escrita de que los conflictos en política exterior se resuleven en privado; el constante enfrentameitno dentro del gobierno entre los ministros de Defensa y de Relaciones Exteriores; la actuación y los antecedentes del embajador chileno en Israel, una designación que solo sirve a Tel Aviv y que nos trae dolores de cabeza por sus agresivas declaraciones contra la comunidad palestina en Chile y por sus nexos con el caso Hermosilla; el rearme de nuestros vecinos en medio de una carrera armamentista alentada por Washington; la decisión de quitarle el apoyo a la candidatura de Bachelet a la ONU; y la crisis con Argentina por el estrecho de Magallanes, convertida ahora en una crisis por las Malvinas.
Es el peor momento para tener a amateurs en nuestra política exterior, y el caso de las Malvinas es solo otra muestra, otra más, del caos en que está hundida nuestra política exterior.
Daniel Matamala conversa con el excanciller Ignacio Walker y la exembajadora Ximena Fuentes sobre la adhesión de Chile al Escudo de las Américas de Trump, el club de fans que Donald Trump creó en su propio club privado de Florida en marzo, y que ahora incluye a 15 países, todos ellos con gobiernos de derecha y ultraderecha.
Kast lo presentó como un marco de cooperación voluntaria para combatir el crimen, y aseguró que no estamos hablando de ceder soberanía ni de operaciones militares en contra del crimen organizado o del terrorismo.
Lamentablemente los hechos lo desmienten. Porque el dueño del club ha dejado en claro que precisamente sí se trata de eso. Y aquí no hay que ver bajo el agua ni hacer análisis. Simplemente hay que escuchar lo que ha dicho el régimen de Trump sobre qué significa el Escudo de las Américas.
La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2025 declaró oficialmente un "Corolario Trump" a la Doctrina Monroe, que señala la preeminencia de EEUU en el continente. Esta “Doctrina Donroe” considera a los carteles como grupos terroristas, como una excusa para aplicar operaciones militares contra ellos. Además prohíbe que "competidores no hemisféricos" o sea China, adquieran activos estratégicos en lo que el departamento de estado define como el “patio trasero”, o sea, todo el continente desde México a Chile.
El Escudo de las Américas, según ha declarado la Casa Blanca, tiene como fin garantizar "la preeminencia estadounidense en todo el Hemisferio Occidental."
Daniel Matamala conversa con Álvaro Soto, Director del Cenia, Centro Nacional de Inteligencia Artificial; y con Felipe Pacheco, Embajador de Anthopic en Chile.
Vivimos días apocalípticos. Días del fin de los tiempos. En las últimas semanas, predicciones increíbles nos atacan cada día. Expertos y exempleados de las principales compañías de inteligencia artificial advierten que el desarrollo de la IA ha llegado a tal punto, que hay un peligro inminente de que signifique la extinción de la raza humana. No en teoría, no algún día, sino ahora ya, en tal vez un par de años. Podrían matarnos antes de que acabe la década, dicen. Hacen proyecciones, dan cifras. Hay un 10% de probabilidades de que todos muramos; tal vez un 20%.
Es una crisis que nos desafía en lo más profundo. La construcción de una nueva inteligencia capaz de superarnos o de destruirnos. Y en la que seguimos caminando a oscuras, sin saber qué trae el próximo paso, pero también sin ser capaces de parar. Y eso es demasiado humano.
Daniel Matamala conversa con la abogada experta en derecho internacional Paz Zárate, y con el excanciller Alfredo Moreno. Este gobierno, incluso desde antes de asumir, convirtió a las relaciones exteriores en un brazo de su agenda ideológica, pensando más en la rencilla política interna que en los intereses permanentes de la república. Y los resultados han ido de lo mediocre a lo desastroso, y hoy tienen a su canciller bajo fuego, por críticas transversales que apuntan a su debilidad en la defensa de los intereses permanentes de nuestro país.
Se le critica por ser invisible, por improvisar, por solo saber de política comercial, pero no de política exterior. Y, más profundamente, por no poner los puntos sobre las íes antes repetidos gestos hostiles de otros países. Una incomodidad que explotó con el Foro Madrid, cuando el presidente de Argentina y el embajador de Estados Unidos se permitieron expresiones hostiles que siguen sin encontrar respuesta. Y eso no es culpa solo del canciller. Porque según la Constitución, la conducción de la política exterior de Chile recae en el Presidente de la República. Es él quien da la pauta y la guía y quien, al menos hasta ahora, no ha dado con la altura de un estadista a cargo de tan importante responsabilidad, y ha preferido simplemente quedarse a la altura del líder partidista que ve en la política exterior un arma más de la pelea pequeña del día a día.
Y mientras eso pasa, ¿quién defiende a Chile?
La caída de Fernando Cerimedo, el rey Midas de la ultraderecha latinoamericana, ha provocado un efecto expansivo sobre todo el ecosistema de fake news, bots, trols y desinformación que tomó por asalto, con enorme éxito, la región en los últimos años.
Las huellas digitales del rey de los bots -el rey caído hoy- aparecen por todas partes. En la Casa Rosada de Milei, en el intento de golpe de estado de Bolsonaro, en el actual gobierno de Bolivia, y también, en las últimas campañas electorales en Chile, con tentáculos que se extienden hasta el segundo piso de la Moneda en la administración Kast.
Y con ello, también los esfuerzos cada vez más desesperados, por limpiar las huellas, por negar toda evidencia de quien hasta hace poco era recibido como un gurú en partidos políticos, comandos electorales y palacios presidenciales, y hoy es negado tres veces y más, antes de que cante el gallo, por sus fieles discípulos.
Hoy en LO QUE IMPORTA vamos a hablar con investigadores, con expertos que han seguido sus huellas en las cloacas digitales y en las granjas de bots que Cerimedo puso al servicio de políticos extremistas, dispuestos a todo con tal de llegar al poder.
Daniel Matamala conversa con el exFiscal Nacional Sabas Chahuan, y con el profesor de derecho constitucional Domingo Lovera Nadie en el gobierno ha sido capaz de articular cuál es la relación entre combatir la delincuencia y entregar al Presidente de la República facultades omnímodas para que actúe como lo que Arturo Fontaine llama “un dictador constitucional”, arrestando, exiliado o espiando a cualquier chileno, sin autorización del Congreso ni control de la justicia.
El ministro Arrau ha desestimado las críticas de los que llama despectivamente “opinólogos”, aunque la lista de esos opinólogos críticos incluye a decenas de parlamentarios y alcaldes de los propios partidos oficialistas, y a prácticamente todos los expertos en seguridad, académicos y constitucionalistas de derecha, que han calificado su proyecto como demencial, una locura y un riesgo para la institucionalidad.
El Pdte Kast se ha limitado a frases desprovistas de todo contenido. Por ejemplo, asegura que “no quiere pasar a llevar algún derecho fundamental de las personas”. Que es, exactamente, literalmente, lo que dice el proyecto: suspende o restringe derechos fundamentales de las personas, partiendo por el derecho a la libertad.
Frente a nuestros ojos, dice que no hará exactamente lo que está haciendo, con su firma un proyecto que envió al Senado.
O dice que “necesitamos respaldo real, voluntad, patriotismo”. Qué tiene que ver cualquiera de esas cosas con darse a sí mismo facultades absolutas para convertirse en un dictador constitucional, de nuevo, misterio. Es impresionante que en 9 días nadie haya sido capaz de entregar un solo argumento que conecte estas facultades dictatoriales con el supuesto objetivo de combatir la delincuencia.
Daniel Matanmala conversa con la exministra Carolina Tohá y con el abogado constitucionalista Javier Couso. El gobierno acaba de presentar un proyecto para crear un nuevo estado de excepción, el de seguridad pública. Y al hacerlo, ha dado un paso alarmante hacia la democracia iliberal. Y es que este estado de excepción es incompatible con una democracia liberal. Convierte al Pdte de la República en una especie de dictador temporal, con poder para suspender la libertad personal, de locomoción, el derecho a reunión y a asociación, a espiar nuestras comunicaciones privadas y a requisar los bienes de todos nosotros.
Entrega al Pdte de la República facultades mayores al estado de sitio con que gobernaba Pinochet, algo que ningún gobierno ha reclamado desde la dictadura. De hecho las restricciones que imponen hoy solo existen en el estado de asamblea, o sea, el de guerra con otro país.
Y lo hace por hasta ocho meses sin necesidad de consultarle al Congreso. O sea, si se aprueba esta reforma, al día siguiente el presidente podría terminar con todas estas libertades, por ocho meses, sin preguntarle a nadie. Afortunadamente, como aun estamos en democracia, es el Congreso el que tiene aquí la última palabra. Y es alentador que en estas horas muchos políticos y académicos incluso de derecha o cercanos al oficialismo estén levantando la voz de alerta. Y es de esperar que el Congreso esté a la altura de su responsabilidad histórica en este momento crítico para nuestra democracia.
Chile vive su era del pesimismo. Sí: estamos más pesimistas que en el estallido, y que en la pandemia. ¿Cómo llegamos hasta aquí?
Las ilusiones de cambio fueron defraudadas. Los proyectos de izquierda, de la Convención y del gobierno de Boric terminaron en frustración, y el de derecha, con las esperanzas que provocó la elección de Kast, dio rápido paso a una sensación generalizada de desilusión, debido a los tropiezos de un candidato que prometió soluciones rápidas y fáciles que eran solo metáforas.
Hay otro factor. Para llegar a La Moneda, Kast pintó por años un panorama terrorífico de un país destruido y decadente. Afirmó explícitamente que “Chile se cae a pedazos”, y de tanto repetirlo, los chilenos le creyeron.
Ya en La Moneda, ha mantenido un discurso catastrofista que justifica los problemas del presente exagerando las dificultades que heredó. El resultado es que tres de cada cuatro chilenos piensan hoy que el país está estancado o retrocediendo.
En lo que importa, estamos convencidos de que Chile no se cae a pedazos. De que hay problemas, por supuesto, pero también enormes potencialidades en un país que, pese a todo, sigue teniendo instituciones fuertes, un Estado presente, prestigio internacional como un país serio, 36 años de democracia ininterrumpida, un fuerte sentido de identidad nacional, talento humano a raudales y que además es rico en las energías y los minerales que el mundo necesita hoy.
Por eso hoy vamos a hablar del camino al futuro, de cómo superar nuestros problemas y desatar nuestros potenciales. Para ello, hablaremos con dos ex ministros de Hacienda que piensan muy distinto, que sirvieron en gobiernos de muy diferente color político, pero que comparten la convicción de que hay un camino mejor por delante. Aquí, en un país que no se cae a pedazos, comienza un nuevo capítulo de lo que importa.
Conversamos con los exministros de Hacienda Ignacio Briones y Nicolás Grau.
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