En los últimos años la tecnología ha evolucionado increíblemente al grado de que ahora podemos comprar una memoria USB para almacenar nuestro trabajo, conectarse en una computadora y ver la televisión abierta, traer nuestra tableta con la información necesaria o simplemente nuestro celular. Podemos estar en el lugar más recóndito de nuestro planeta y estar en posibilidades de comunicarnos con el mundo civilizado. Ver la televisión por teléfono, internet por televisión o médicos que pueden realizar operaciones a distancia. La tecnología evoluciona y seguirá evolucionando. Es una realidad, y precisamente no le podemos dar la espalda. Tenemos que adaptarnos y por consiguiente tenemos que aprender a utilizarla, independientemente del sector en el que nos encontremos e independientemente de nuestra preparación o el medio donde nos desenvolvamos: si no lo hacemos, la ignorancia nos alcanza.
En el ámbito educativo la tecnología está aportando otras opciones, está abriendo el abanico de posibilidades para alcanzar conocimiento, está rompiendo la barrera de la distancia y del tiempo para traernos o llevarnos una gran cantidad de información a la casa, a la oficina, a la escuela, en el metro, en el avión, en el coche. No podemos negar que la tecnología así como induce o adicta también provoca, motiva, incita a aprender. El problema está en cómo la utilizamos.