¿Qué tienen en común un médico que duda de su diagnóstico, un asesor con su manual mágico y un dietista que predica la dieta de moda? Que ninguno reconoce sus inseguridades. Los escritores sí: confesamos en alto nuestro síndrome del impostor, a veces con una copa en la mano. Hoy vamos a comparar profesiones y descubrir por qué, entre tanta farsa, la literatura al menos tiene la decencia de admitir sus dudas.