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La historia de Mamá Tingó rompe el mito de que la tierra es solo un papel: fue vida, hogar y comunidad, hasta que el poder la convirtió en botín. Nos adentramos en la República Dominicana rural para seguir la trayectoria de Florinda Muñoz Soriano, una mujer que aprendió a organizarse cuando la ley le negó el derecho a existir en su propio campo. Su camino muestra cómo la tenencia de hecho sostuvo familias por décadas, cómo el Estado ausente multiplicó la vulnerabilidad y cómo el auge de la “formalidad” sirvió para consolidar despojos bajo apariencia de orden.
Exploramos el contexto de los 12 años de Balaguer, cuando la legalidad se aplicó de forma desigual y la tierra adquirió valor estratégico. En ese escenario aparece el reclamo de un terrateniente con respaldo institucional, y la comunidad de Atoviejo enfrenta amenazas, desalojos y trámites que nunca pudo costear ni comprender. Allí nace la fuerza de Mamá Tingó: una presencia persistente en la Liga Agraria Cristiana, capaz de convertir el miedo en preguntas y la soledad en organización. El 1 de noviembre de 1974, un disparo truncó su vida, pero no la pregunta central: ¿qué vale un título cuando la justicia no protege a quienes lo necesitan?
También contamos el giro esperanzador cuando, años después, llegan los títulos a Sierra Prieta y las familias celebran al fin un reconocimiento postergado. Ese triunfo revela una verdad clave para cualquier país con conflicto agrario: la seguridad jurídica no es un trámite, es dignidad, arraigo y paz. Hablamos de regularización, catastro transparente, acceso a defensa legal y políticas que vean al campesinado como sujeto de derecho. La memoria de Mamá Tingó no se queda en el pasado; actúa como brújula para evitar que la violencia vuelva a ordenar silencios.
Acompáñanos, comparte este episodio con quien valora la justicia y la tierra, y déjanos tu opinión: ¿cómo debería actuar el Estado para que la ley se acerque por fin a la justicia? Suscríbete, califícanos y cuéntanos tu experiencia.
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By Magaly Rivera5
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La historia de Mamá Tingó rompe el mito de que la tierra es solo un papel: fue vida, hogar y comunidad, hasta que el poder la convirtió en botín. Nos adentramos en la República Dominicana rural para seguir la trayectoria de Florinda Muñoz Soriano, una mujer que aprendió a organizarse cuando la ley le negó el derecho a existir en su propio campo. Su camino muestra cómo la tenencia de hecho sostuvo familias por décadas, cómo el Estado ausente multiplicó la vulnerabilidad y cómo el auge de la “formalidad” sirvió para consolidar despojos bajo apariencia de orden.
Exploramos el contexto de los 12 años de Balaguer, cuando la legalidad se aplicó de forma desigual y la tierra adquirió valor estratégico. En ese escenario aparece el reclamo de un terrateniente con respaldo institucional, y la comunidad de Atoviejo enfrenta amenazas, desalojos y trámites que nunca pudo costear ni comprender. Allí nace la fuerza de Mamá Tingó: una presencia persistente en la Liga Agraria Cristiana, capaz de convertir el miedo en preguntas y la soledad en organización. El 1 de noviembre de 1974, un disparo truncó su vida, pero no la pregunta central: ¿qué vale un título cuando la justicia no protege a quienes lo necesitan?
También contamos el giro esperanzador cuando, años después, llegan los títulos a Sierra Prieta y las familias celebran al fin un reconocimiento postergado. Ese triunfo revela una verdad clave para cualquier país con conflicto agrario: la seguridad jurídica no es un trámite, es dignidad, arraigo y paz. Hablamos de regularización, catastro transparente, acceso a defensa legal y políticas que vean al campesinado como sujeto de derecho. La memoria de Mamá Tingó no se queda en el pasado; actúa como brújula para evitar que la violencia vuelva a ordenar silencios.
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