Cuando recordamos aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu Santo descendió de una manera poderosa sobre los discípulos que estaban reunidos, conforme a la promesa dada por Dios y confirmada por el Señor Jesús, transformando sus vidas y capacitándolos para proclamar con poder y autoridad el evangelio de Jesús al mundo, no podemos por menos que, en primer lugar, gozarnos de aquel evento que supuso el comienzo de una nueva era, la de la iglesia. En segundo lugar, tener el bendito privilegio de ser parte de esa gloriosa iglesia, aun a pesar de las tremendas dificultades que ello implica. Y, en tercer lugar, sentir la necesidad de recibir y festejar cada día un nuevo Pentecostés, porque sin un bautismo de poder espiritual como el ocurrido entonces, por nuestras fuerzas y capacidades no podremos ser esos testigos poderosos ni hacer eficazmente la labor asignada por Jesús, máxime, en los días cada vez más contrarios que vivimos. Es claro, pues, que necesitamos más Pentecostés, y por eso debemos clamar sin cesar para que venga.