Era un día normal en la escuela cuando tuve que ir al consejero vocacional para hablar sobre la solicitud de ingreso a las universidades. Entré, súper emocionada y lista, porque me habían dicho que con mis calificaciones y logros todo lo que tenía que hacer era elegir. Mi consejera vocacional me recibió en la puerta de su oficina y me dijo: “¡Hola, cariño! Empecemos".
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