Cuando se trata del don divino del sexo, muchos de nosotros, cristianos, nos volvemos ateos prácticos. Quitamos a Dios de la mente lo suficiente para entregarnos a los placeres embriagadores de experiencias sexuales fuera del matrimonio, si sólo en nuestras mentes. Pablo nos dice que los pecados sexuales son especialmente peligrosos. Este sermón se trata de que no seamos dominados por nada excepto nuestro Señor Jesús, para que glorifiquemos a Dios con nuestros cuerpos y mentes, y disfrutemos de placeres reales y duraderos.