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Leer la vigésima parte
Me sentía terrible, no podía dejar de pensar que por mi insistencia todo esto había iniciado. Por más que decía que, nunca actúe con dolo o perjuicio, los hechos eran irrefutables y Liz había muerto.
Abracé a Leonor largo rato, hasta que pude controlar mi respiración. Ella, como si la vida ya la hubiera secado, apenas esbozó un par de lágrimas que se negaban a resbalar por sus mejillas. El resto de las amistades que nos acompañaban se acercó a darle el pésame, aunque todo ocurrió bastante rápido, ya nos quedaba poco tiempo para que saliera el autobús.
Las cosas habían empeorado y sabía que de un modo u otro, esto cambiaba o cambiaría mis decisiones, vi el reloj y aunque ajustado de tiempo, pensé que podía lograrlo. Le dije a Leonor que debía volver a casa por la mochila que había dejado escondida, ya que nos iba a hacer falta. Le pedí a sus amigas que me ayudaran a llevarla a la terminal de autobuses, mientras yo tomaba la camioneta e iba y volvía lo más rápido que podía.
Contrario a lo que creí, el camino se me hizo más corto, venía pensando todo el tiempo qué hacer, múltiples posibilidades cruzaban mi cabeza, todas influenciadas por la tristeza y la culpa. El volver a la ciudad y de algún modo a mi entorno natural, me revolvían las ideas y los miedos. Tomé la mochila con el dinero y volví presto, apenas me dio tiempo estacionarme y correr, para ser el último que abordaba el autobús. Leonor le rogó al chofer que me esperara los tres minutos que llegué retrasado.
Antes de salir de la terminal, la abuela le marcó a Leonila para ver cómo seguía y avisarle que íbamos saliendo para la ciudad. Al terminar la llamada, esas lágrimas que se habían negado a resbalar, por fin se dieron rienda suelta. Me dijo que su hija se oía muy triste y estaba muy preocupada por que hoy iniciaban la quimioterapia para preparar a Luzma para el trasplante, ella no sabía nada de su hermana para no afectarla en su decisión. Dado que se encontraba en una habitación aislada con visitas restringidas, estaba bastante incomunicada, por norma del hospital, esa habitación estéril que se utilizaba para preparar a los pacientes, no permitía el ingreso de ningún objeto del exterior, incluyendo el teléfono celular.
Lo que ocurría durante los próximos días es que, en términos prácticos, se destruiría por completo su médula ósea enferma, se le administraban una serie de fármacos excesivamente tóxicos con la finalidad de acabar con la enfermedad, pero también con la médula del receptor, así se dejaba todo listo para que Luzma recibiera la médula de su hermana y no se encuentre ningún vestigio que le impida implantarse y comenzar a realizar sus funciones. Ese proceso la dejaría sin capacidad de respuesta ante el entorno, por eso se encontraba aislada y estéril, cualquier bacteria, virus que para nosotros podía ser innocuo, en esas condiciones podría invadir el organismo de Luzma y matarla; era un momento peligroso y vulnerable, y como estaban las cosas Leonila estaba desbordada, no quería otra desgracia.
Buena parte del camino se cruzaba entre montañas y no tendríamos señal para comunicarnos, así que no sabríamos nada de Leonila y Luzma hasta ya entrada la tarde. La abuela me pidió que le explicara lo que le ocurriría a su nieta mientras nosotros viajábamos a la ciudad. Traté de hacerme entender y mientras mas avanzaba en mi monólogo, los ojos de la abuela eran más desoladores. Al no tener más que decir, sabía cuál era la pregunta obligada.
-Se puede morir en ese proceso ¿verdad? -inquirió con tristeza.
Le intenté explicar sobre la seguridad y eficacia del procedimiento, pero no podía mentirle, cada uno de los pasos implicaba riesgos, entre los cuales se encuentra la muerte, pero también la daba ánimos explicándole que, era el menos probable de los escenarios. Desafortunadamente los hechos indicaban que lo menos frecuente, particularmente hablando de desgracias, era lo que normalmente acontecía a la familia de Leonor.
Apenas salimos de las montañas le marcó a su hija para saber cómo iba todo, ya le habían iniciado los medicamentos y de momento sólo tenías las molestias esperables, pero aún faltaban varios días para que le infundieran la médula de su hermana.
La situación más complicada era el funeral de Liz, ya que habló con su familia en Estados Unidos, que estaba abatida, porque además las condiciones migratorias les impedían volver; si venían para el funeral de existían muchas posibilidades de que no pudieran volver, o peor, los deportaran a alguna prisión en algún otro país, así que esa opción quedaba descartada. La siguiente complicación era que, el proceso para la infusión de la médula y ver la respuesta, podía tomar entre siete y diez días, durante éste tiempo no podían dejar a Luzma y no era factible llevarse el cuerpo a su tierra para el velorio y entierro.
Yo poco podía o quería opinar al respecto. La tecnología había cambiado y trastocado todas las aristas de nuestra vida, yo había sido participe de ello, pero ante la muerte poco se había hecho, había quien en sus últimos momentos entregaba los escasos recovecos que no habían sido almacenados por todos los dispositivos que nos monitorizaban, con la finalidad de entrenar a una IA para que su familia siguiera “interactuando” con su muerto, pero el cadáver seguía recibiendo un trato parecido al que se les daba desde el principio de los tiempos, un manejo litúrgico y la cremación o entierro de sus restos, en ese sentido la muerte era igual que siempre, imperturbable.
Pensaba que sólo había una respuesta, pero quién era yo para opinar al respecto. Además percibía que Leonor deseaba únicamente ser escuchada, no interpelada, hacer catarsis en voz baja, empezar con su luto.
Finalmente llegamos, retrasados, a la central de autobuses, aún nos faltaba cruzar toda la ciudad, y acordamos vernos en la pensión donde se alojaban. Esa distancia fue eterna, el silencio interior del taxi y el tránsito desbordado hicieron muy difícil el camino.
Al llegar, Leonila nos esperaba en la acera y apenas salió su madre del auto las lágrimas de los tres perdieron su contención; así estuvimos mucho tiempo, hasta que por fin nos vaciamos.
Leer la décimo novena parte
Leonila y Leonor eran conocidas en el pueblo, tener gemelas no era nada común, y cuando los hombres comenzaron a migrar, se formó una comunidad de mujeres solas, que sin reglas escritas se apoyaban en momentos difíciles.
Me enteré de este secreto grupo cuando en medio de la noche escuché las llantas de un auto acercarse, algo inusual en medio de la nada. Abrí los ojos para cerciorarme que no era un sueño, y a los pocos segundos portezuelas abriéndose y gente tocando la puerta de la casa, con urgencia, llamaban a Leonor, me levanté y me puse los zapatos, mientras me acercaba vi otras mujeres esperando que la abuela respondiera sus llamadas.
Salí y el frío en la cara predijo que esta visita no sería para nada bueno. Al entrar a la casa ya estaba Leonor escuchando a las vecinas que, hablando al mismo tiempo, había quien le daba ánimos y quién seguía comentando la noticia. Al verme sólo me dijo que Liz estaba mal y me entregaba el teléfono para que hablara con Leonila.
Lo tomé y salí en busca de señal, mientras caminaba al descampado no me imaginaba qué podría estar pasando. Era un procedimiento algo invasivo, pero lo más peligroso era la sedación, y hace un par de días Leonila nos había dicho que todo había salido muy bien, tanto que, al día siguiente su hija ya había sido dada de alta y Luzma ya se encontraba en los preparativos para recibir su médula. No me explicaba qué estaba pasando. Llegué sudando al claro donde tenía que encontrar la posición idónea para que las barras indicadoras de señal aparecieran. Marqué, era muy de madrugada, a esa hora sólo se pueden tener malas conversaciones. Al segundo tono de llamada me contestó.
-Se me va a morir mi hija -me dijo al borde del llanto.
Le pedí que me explicara ¿qué había pasado, todo iban bien, por qué se puso mal Liz? La dejé que hablara sin interrumpirla, salvo por los sollozos y las lágrimas que cada tanto la ahogaban.
Al día siguiente de que le extrajeran en el quirófano parte de la médula osea, Liz se notaba muy cansada, pero la dieron de alta ya que era comprensible su malestar, le explicaron que si cuando la gente apenas donaba sangre se desmayaba, el procedimiento realizado a Liz justificaba todo; así que volvieron a la pensión donde pernoctaban. Para la tarde que regresó Leonor la vio pálida, con mucho dolor en la zona de la cadera donde la habían intervenido y con mucho escalofrío. Le habían dado una receta con paracetamol para el dolor, así que le dio las dos tabletas que estaban indicadas, al parecer se había sentido mejor y logró cenar un poco, pero la fiebre comenzó a atacarla, hasta que después de horas y trapos húmedos en el abdomen logró quedarse dormida. Acordaron ir temprano a urgencias al día siguiente, pero la fiebre volvió a arreciar durante la madrugada y cuando Liz comenzó a delirar tuvo que llamar una ambulancia para llevarla al hospital.
Apenas llegando a urgencias la recibieron y se corrió la voz de quién era, un trasplante era un evento en el hospital, así que sabían la historia. La ingresaron de inmediato mientras los médicos interrogaban a Leonila, veía a lo lejos cómo un ejército de personas abordaban a su hija, en pocos minutos estaba llena de cables, el monitor registrando sus signos vitales no paraba de hacer ruido, y una tras otra, enfermeras iban y venían con medicamentos y sueros, que primero colgaron en cada uno de sus brazos y después a través de un catéter en el cuello, para el que le pidieron autorización porque estaba muy grave y los sueros vaciando sus contenidos en las venas de los brazos no eran suficientes. Leonila presenciaba todo, mientras seguían preguntándole cosas, en la premura nadie caía en cuenta de que su madre era testigo toda la catástrofe.
Ya no pudo ver más cuando el médico que lideraba al equipo volteó al monitor y sin dejar de ver la pantalla pidió que trajeran el carro de paro, en ese momento observó por un segundo la cara de espanto de Leonila y le pidió a una enfermera que cerrara la cortina del cubículo y la llevaran a la sala de espera.
Un par de horas horas después salieron unos médicos a hablar con ella, ya habían salido antes para solicitar autorizaciones para hacerle procedimientos. Leonila lo entendía de qué se trataba, pero aceptaba todo sin cuestionar.
Le explicaron que Liz traía una infección muy agresiva, y se estaba diseminando por su sangre a todo el cuerpo, y eso la estaba comprometiendo de manera muy importante, su condición era muy delicada, apenas la habían podido estabilizar y la tendrían que trasladar a terapia intensiva, pero su estado era extremadamente grave, varios de sus órganos estaban fallando.
Leonila me preguntaba qué había pasado, por qué estaba tan mal Liz, Yo trataba de tranquilizarla, pero era obvio que yo también estaba muy perturbado. Acordamos que la ayudaría a llevar a la abuela para estuvieran juntas; en ese momento me olvidé de mi exilio, sólo trataba de pensar en qué momento esto se había transformado en una pesadilla, y mientras apresurado volvía a casa, la semilla de la culpa estaba germinando velozmente en mi interior.
Todas me esperaban con preocupación, traté de explicar lo ocurrido y la necesidad de salir en el primer autobús de la mañana, para lo cual faltaban varias horas. Leonor no podía ocultar su dolor, pero acostumbrada a que la vida fuera desgraciada, se mantuvo tranquila y se afanó en organizar algo de ropa. Acordamos irnos a casa de las emisoras que, vivían en el pueblo y nos podrían localizar en cualquier momento. Yo no tenía nada que llevar, en realidad sólo llevé una pequeña mochila y pregunté a Leonor dónde era seguro dejarla, ahí almacenaba todo mi dinero.
Aún faltaban pocas horas para que abrieran la taquilla de la central de autobuses, esperábamos en la sala de la casa de las amigas de Leonor y Leonila, que nos prepararon café para aguantar el resto de la noche. Cada tanto me preguntaban dudas que surgían mientras esperábamos en silencio. Preguntas que yo también me hacía.
Me quedé dormido en algún momento que todas guardaron silencio, esperando el momento de partir. Me despertó Leonor moviendo mi hombro, abrí los ojos exaltado, pensé que se nos había hecho tarde, pero todavía estaba oscuro alrededor.
En todas escurrían las lágrimas, excepto en la abuela que, con sus ojos vidriosos, me dijo que acaba de colgar con Leonila.
-Liz no aguantó, acaba de fallecer -me dijo, sin dejar de verme a los ojos.
Leer la décimo octava parte
Cuando entré a la casa para desayunar, además de los platos humeantes sobre la mesa, estaban Leonila y Liz esperándome con las maletas preparadas. Rápidamente miré la cara de todas, para reconstruir mentalmente lo que había pasado y tratar de saber cómo llegamos a este momento. Listas para continuar con el tratamiento de Luzma, no había ojeras, párpados inflamados por el llanto o malas caras.
A la postre la abuela Leonor, durante los días que estuvimos solos, me comentó que Liz se levantó antes que todas y ya las estaba esperando con su maleta lista, no se dijo nada más.
Desayunamos tranquilamente con los nervios de lo que venía soterrados, pero pensábamos en ese futuro que vislumbraba esperanza, así que el ambiente era grato. Además de pedirme que las llevara a la central, me encargaban a la abuela y me daban instrucciones de dónde comprar los víveres. Sólo había dos pequeños problemas, ni Leonor ni yo teníamos teléfono celular y sería indispensable para comunicarnos con rapidez, por lo que habían resultado dejar el de Luzma, así que, le dieron indicaciones a la abuela sobre cómo usarlo, las cuales notaba que no entendía, pero cada tanto me miraba y asentía, todos sabíamos que yo le ayudaría a usarlo. El segundo, este en realidad no era tan pequeño, tenían muchas deudas que databan de los varios intentos por tratar la enfermedad de Luzma, habían estado en pláticas con unos fuereños que querían afincarse en el pueblo y deseaban comprar un buen trozo de su parcela; los trámites ya iban muy avanzados, pero ahora el tiempo apremiaba, estaban muy justas de dinero, así que, me pedían hablar con ellos y conseguir un adelanto para solventar lo que venía; si bien habían logrado ya tener un buen diagnóstico y un plan de tratamiento potencialmente curativo, la carencia de los hospitales podría complicar el trasplante, y debían afrontar la compra de medicamentos e insumos. Las tranquilicé expresando mi apoyo, mientras la abuela y yo nos mi mirábamos, sabiendo que entre los dos debíamos solventar ambas tareas. La premura de la partida nos tenía eufóricos, con mucha agitación.
Las primeras tristezas arribaron al despedirse, Leonila y Liz no pudieron evitar llorar y después de los abrazos, antes de subir a la camioneta, ni la abuela ni yo nos contuvimos. Camino al pueblo, Leonila continuaba dándome indicaciones y recitando pendientes, yo le insistía en que no se preocupara, que me tuviera confianza y las cosas iban a suceder adecuadamente. Acordamos los horarios en que iría al descampado donde se plantaba Liz a “cazar” red para el teléfono y ver si lográbamos hacer una llamada en lugar de sólo enviar y recibir mensajes asincrónicos. Tanto platicamos que las inclemencias del accidentado terreno pasaron desapercibidas.
Mientras yo bajaba las maletas, Liz y su madre se adelantaron a comprar los boletos para la ciudad. Aproveché el momento para guardar algo de dinero en las cosas de Leonila, era parte de mi patrimonio, pero confiaba en que cuando se vendiera la parcela lo recuperaría.
Encontraron los últimos asientos, así que nos sentamos a esperar el momento en que avisaran el abordaje, nadie quería hablar de lo que médicamente se avecinaba, la conversación transcurría efímera, ocultando su ominosa realidad. Tras el anuncio de embarque nos despedimos con un fuerte abrazo, al despedirme de Leonila le comenté que le había dejado algo en el interior de la maleta, que no lo fuera a perder. Me miró extrañada, el último aviso para subir al autobús le impidió revisar su contenido.
Apenas subieron, me encaminé hacia la camioneta, todo tenía que salir, pensaba hacia mis adentros, lo que se me olvidaba es que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.
El regreso fue tranquilo, seguía pensando en el universo de posibilidades, deseaba todo saliera bien. Llegando a casa, Leonor me esperaba con su bordado, según recordaba estaba igual que el día de ayer, seguramente sólo lo mantuvo inerte en sus piernas todo este tiempo.
-Todo va a salir bien ¿verdad? -me preguntó con la cara desencajada.
Le confirmé que si, y le traté de dar confianza sobre lo que venía. Para distender un poco la situación, iniciamos nuestro curso práctico sobre el uso del teléfono celular. Estaba seguro que no sería problema, esos aparatos están diseñados para enganchar a la primera, niños que aún no hablan o ancianos con demencia, la adicción no respeta edades. Hacia tanto que no tenía uno entre mis manos, que el brillo, los colores, las animaciones, me abrumaban, traté de mantenerme fuera del campo de visión del aparato y le pedía a Leonor que no mencionara mi nombre, me miró con curiosidad que, sanjé parcialmente diciendo que no confiaba para nada en esos 200 gr de tecnología. Ella siempre intuyó que estaba escapando y no hizo preguntas, continuamos con nuestra lección, la cual fue muy exitosa, y en menos de una hora ya era capaz de usar lo necesario para comunicarse; quería hacer una prueba real y me pidió ir a buscar red para marcarles. Nos encaminamos hacia donde Liz pasaba horas embebida en la pantalla, y antes de dar rienda suelta a las comunicaciones, desactivé hasta donde era posible las opciones que “mejoraban” la experiencia de uso, pero que son eficaces para espiarnos. Tuvimos suerte y había señal, la suficiente para hacer la llamada telefónica a Liz, quien estaba muy emocionada del viaje y de que su abuela estuviera marcando.
El día terminó en paz, muchas emociones, pero tanto Leonor como yo, sentíamos opresión en el pecho, con la cual nos fuimos a dormir.
Leer la décimo séptima parte
Leonor y Liz no quisieron esperar en la casa mientras iba por Leonila a la terminal de autobuses. Así que, nos organizamos para salir con tiempo, la curiosidad por tener noticias sobre el estado de Luzma nos hizo apresurarnos, lo cual estuvo bien porque los movimientos de Leonor, que estaba también muy nerviosa, intentaban ser ágiles pero fracasaba, la edad le cobraba factura. Y por mi parte, el intentar sortear los accidentes del camino de terracería alargaron el tiempo para llegar a la central. Aún con todo lo anterior, arribamos media hora antes que el horario indicado en el cartel de llegadas. La espera se hacía eterna, ya teníamos la suficiente confianza para no forzar la conversación con las clásicas pláticas de relleno, cotidianas, anodinas, y repetitivas. Los silencios eran profundos, a ratos poníamos atención en conversaciones ajenas. La que de inmediato aprovechó fue Liz que, sumergió la cabeza en la pantalla del teléfono.
El autobús llegó casi una hora hora después de lo previsto. Leonor ya estaba fastidiada, cada tanto repetía que mejor se hubiera quedado en casa. Ella fue la primera en ver bajar a Leonila, y todas sus dolencias se le olvidaron, ya que se apresuró a recibirla y abrazarla. Nos encaminamos hacia la calle donde habíamos dejado la camioneta, y discutíamos tropezadamente sobre su camino de regreso, a pesar de que la salud de Luzma era todo nuestro interés, el temor a las malas noticias nos hizo rodear y rodear con minucias la conversación, evitando un posible dolor.
Apenas nos acomodamos y tomamos camino de regreso, disparé sin rodeos, directamente le pregunte ¿qué le habían dicho los doctores?
Se instaló el silencio, todos esperábamos la respuesta. Leonilia intentaba explicarnos, pero el lenguaje médico no estaba diseñado para ser comprendido, esa una barrera de exclusión a la que sólo tienen acceso los mismos de su especie. Por tanto, poco agregaba a lo que ya nos había dicho por mensaje de voz, presentía que algo sabía y nos estaba ocultando, evité ser intrusivo, si éste era el caso, por algo lo haría, y tarde o temprano lo sabríamos.
Al llegar, teníamos muchos detalles de lo que ya conocíamos, pero era mejor platicarlos cara a cara. Lo primero que hizo Leonila fue ir al sanitario, cambiarse zapatos y ponerse ropa cómoda; sentados esperábamos, mientras Leonor ponía agua para hacer té. Ya más cómoda, comenzó a hurgar en su maleta y sacó una hoja de papel que me entregó directamente. Era el resumen clínico que le habían dado.
-No entendí muy bien lo que esta pasando con Luzma, y no comprendo nada de lo que viene ahí escrito -me dijo mientras lo leía apresuradamente.
En medio de todos esos términos desconocidos, se confirmaban mis sospechas; el problema de Luzma era un problema en su médula ósea, una especie de cáncer bastante poco frecuente que, al hacer disfuncionar su sistema inmune, hacía de Luzma una presa fácil de las infecciones, y eso la podía matar. Habían tomado un trozo de hueso para buscar genes alterados que fueran susceptibles de ser tratados con alguna medicina. Al llegar a la sección del plan terapéutico, entendí por qué Leonila me había dado la responsabilidad de leer el documento. Estoy seguro que había comprendido muy bien cuál era el tratamiento que le habían sugerido, pero no deseaba ser ella quien diera la noticia.
A pesar de la mala fortuna de Luzma al tener esa enfermedad que la dejaba indefensa frente al universo de virus, hongos y bacterias que nos rodean todo el tiempo; y para la cual el costo del tratamiento era inalcanzable para casi todo el mundo, existía una terapia arcaica y extremadamente inusual; trasplantarle médula ósea sana de algún familiar compatible, un tratamiento que no era el ideal, siempre existía la posibilidad de que la médula que se recibía, no fuese bien tolerada y hubiera rechazo, dejando a la paciente nuevamente indefensa, pero Luzma tenía el boleto ganador de la lotería, una hermana gemela, es decir alguien que genéticamente debía ser una copia idéntica, y por lo tanto la tolerancia al trasplante estaba prácticamente asegurada.
Al terminar, Liz se encontraba pálida con los labios resecos.
-¿Entonces si le doy mi médula, Luzma se puede curar? -inquirió.
Traté de ahondar en el tema, mientras sonreía nerviosamente, acoté que requeriría una serie de estudios para confirmar que todo estuviera en orden; a la mitad de mi letanía que intentaba fuera lo más comprensible posible, me interrumpió.
-¿Y duele mucho?
Me imagino que no había sido el único en olvidar la opinión de la potencial donadora, sólo pensábamos en la curación de Luzma, así que, su pregunta me desubicó un poco. Le expliqué que sí, que efectivamente podría ser molesto y doloroso, en la gran mayoría de los casos se extraía sangre de la vena, como en una donación convencional, lo cual era muy sencillo, pero en una minoría había que extraer el tejido directamente de los huesos de la pelvis, en quirófano y anestesiada. Leonila intervino, algo así le habían comentado, por lo que algo de dolor iba a percibir, Liz enmudeció.
Su madre volvió a intervenir, durante su estancia en el hospital le hicieron pruebas a ella, pero no era la candidata ideal. Los médicos al saber que tenía una gemela le propusieron que su hermana sería entonces la donante más adecuada.
-¿Puedo pensarlo? -pregunto Liz.
Nadie esperaba eso, pero tenía razón, Liz debía dar su consentimiento, dudaba que no deseara salvar a su hermana, pero le causaba temor exponerse a los inconvenientes de un procedimiento como ese. Su abuela la tranquilizó y dijo que por supuesto ella debía tomar la decisión, intervine para decirle que no había de qué preocuparse, era un procedimiento de muy bajo riesgo, así que salvo las molestias, no le pasaría nada.
Liz asintió y el silencio se estaba extendiendo demasiado, todo indicaba que lo pensaría más tiempo. Leonila relajó el ambiente al levantarse de la mesa y buscar algo para preparar la cena, porque “moría de hambre”.
Cenamos en tensa paz, bastante contrariados, pero al final contentos por la noticia.
Leer la décimo sexta parte
Había pasado casi una semana desde que Luzma y Leonila habían partido hacia el hospital, vaciaron, otra vez, sus arcas y, otra vez, se fueron llenas de esperanzas.
No fueron sencillos los preparativos, los deseos de Luzma por la travesía que implicaba ir hasta la ciudad eran nimios; con las experiencias previas, ella, inconscientemente ya se había dado por vencida y asumía su fatalidad; para su corta edad tomó una decisión que le permitiera despertar cada día sabiendo su destino e ignorarlo, algún día eso ya no pasaría, y ese era el último de sus pensamientos. Así que, ahora se le agitaba el mar de emociones, una tormenta en la que su salud y su esperanza sería la barca siempre al borde del naufragio.
Todos hicimos labor para convencerla, insistí en que ahora las condiciones serían distintas, su madre había preparado el camino y en teoría, su evaluación sería satisfactoria, pero especialmente ética, recurso que al parecer había sido escaso anteriormente.
Su negativa era rotunda, hasta una noche que quiso hablar conmigo y lanzó con puntería sus argumentos, no se contuvo en aseverar que, todos los esfuerzos no servirían para nada, su muerte era un hecho casi consumado, lo que particularmente le dolía era dejar a su familia inundada de deudas.
Tuve que recurrir a lo que con el tiempo aprendí era una mala estrategia, proponer el mejor escenario antes dilemas complejos. La enfermedad es algo voluble y caprichoso, incluso teniendo todo y todo a favor, las cosas puedes salir muy mal; la experiencia me lo enseñó con innumerables fracasos, y entonces me volví más cauto en mis pronósticos. Pero las personas somos animales a los que nos fascina tropezar repetidamente con la misma misma piedra. Cuando trataba de convencer a Luzma y recurrí a vaticinar un brillante escenario, recordé que lo mismo ocurrió en mí éxtasis tecnológico; solo vi las aristas positivas, nunca pensé ¿qué puede salir mal? hasta que todo se fue por el desagüe. Fui sincero con Luzma pero también pequé de optimista, realmente consideraba que había una oportunidad.
El día que partieron hubo muchas lágrimas, no eran una familia histriónica, pero la situación no era para menos, en ese momento todos caímos en la posibilidad de que, tal vez no se volvieran a ver, yo me había mantenido reticente ante ello, pero al verlas tan tristes, los malos pensamientos junto con mis lágrimas afloraron con contundencia.
Arrancaron con un pequeño-gran problema, entre las múltiples cosas que se debían organizar, olvidaron el teléfono de Luzma. Nada catastrófico, pero cuando su hermana lo sacó de entre las cobijas, nos vimos las caras, sabiendo que, las capacidades de Leonila para usar el dispositivo eran más bien limitadas. Lo cual se confirmó cuando le intentaron llamar para que volviera, y como era su costumbre estaba apagado. Yo me enteré hasta que volví del pueblo, donde las dejé para tomar el autobús.
Tras separarnos en la estación, mientras conducía de vuelta, mis grises pensamientos me atacaron con saña. Esas personas se habían transformado casi en mi familia, y ahora por mis consejos, los había enviado a una serie de sinsabores, sólo con mi fe de que algo más se podía hacer; a solas, manejando de regreso pensaba lo peor, y lo del teléfono de Luzma inauguraba la temporada de ansiedad. Leonor, su nieta y yo, tratamos con bastante esfuerzo de poner buena cara, pero nuestras miradas nos delataban. Intentamos retomar nuestras rutinas; bordando, viendo la pantalla llena de vídeos efímeros, o caminando por la veredas que había ido descubriendo y donde trataba de abandonar mis funestas reflexiones.
Antes de servir la cena, Liz o Lizbeth, como le decían su madre o la abuela cuando la regañaban, se iba al prado, al sitio donde de manera intermitente llegaba un poco de señal, y Leonila enviaba un mensaje de voz, con las actualización de la jornada. Este comportamiento bastante anómalo, pensamos debió ser obra de Luzma que, sabiendo que su madre podría pasarse días sin avisar nada, le debió haber instruido para que al menos antes de dormir nos informara los sucesos más relevantes y nos diera paz o intranquilidad, según el caso.
Los primeros días los mensajes eran optimistas, fuera del incordio que era el viaje y llegar hasta el hospital, siguiendo mi consejo, se apostaron en urgencias lanzando nombres de doctores, entre ellos el del director general y el supuesto amigo que las recomendaba. Tuvieron suerte porque, aunque era mi única argucia para lograr un acceso rápido a la unidad hospitalaria, ya el personal con años de trabajo no se tragaba el anzuelo. Pero para su fortuna un residente apenas en sus primeros meses en el departamento de urgencias cayó en la trampa, y al ver el correo electrónico impreso, le dio el tiro de gracia, el tener algo físico entre sus manos le hizo pensar que debía ser importante; ese fue su talismán.
Leonila y Luzma recibieron lo que en todos los intentos previos les habían negado, empatía. El residente hizo grandes esfuerzos por flanquear la decena de trabas administrativas que normalmente, y bajo pretextos absurdos evitaban el buen trabajo de los colegas. Así, las noticias nocturnas eran cortas, pero positivas. Reproducíamos varias veces el mensaje mientras cenábamos, Liz y Leonor me miraban, como si yo pudiera dar más detalles sobre las escuetas descripciones de Leonila. Intentaba imaginar lo que estaba pasando, recordaba lo que había sido estar frente a frente con los problemas de los pacientes.
Me era nostálgico y ridículo a la vez que, hubiera luchado y trabajado tanto para derrumbar eso y fincar todo un proyecto de máquinas y aparatos que hicieran el trabajo “sucio”; ahora pensaba que si no hacíamos eso ¿que estábamos haciendo?, llenar formularios, validar reglas de decisión, encarecer todo y enfriar la relación médico-paciente. No había caído en cuenta de todo ello hasta ahora, a cientos de kilómetros de distancia, en un pueblo con apenas lo indispensable. Al contar a la familia de Luzma detalles de lo que ocurría, y que yo asumía que estaban pasando; hice catarsis, lo cual me dolía bastante. Mi fracaso se fue gestando cuando me dejé llevar por la ilusión de algo efímero “la modernidad”, sin siquiera cuestionarlo.
Ingresaron de inmediato a Luzma a urgencias, y en un par de días en uno de los pisos de hospital, el que correspondía a hematología. Yo deseaba otorgarle la condecoración de la legión de honor al residente que había logrado en pocos días lo que a veces tomaba meses, llevar a la paciente con el médico que le correspondía. La salud enfrentaba a dos terrible colosos, la tecnología, una meretriz que se vendía al mejor postor, por lo general al más ruin; y la política que tenía el mismo comportamiento.
El último mensaje de Leonila fue muy corto, serio, algo triste. Simplemente nos avisaba que tenía que volver, y que Luzma se quedaría aún en el hospital, no daba más detalles, salvo indicar en cual autobús esperaba llegar, sugiriendo que fuésemos por ella.
Leer la décimo cuarta parte
El último día de Fidel fue como hacía tanto no lo recordaban sus familiares. La firma de un armisticio entre él, sus seres queridos y el destino que, se había encarnizado con ellos.
A la mañana siguiente de haberlo visto; mientras yo seguía dormido, impregnado con el olor de la pus que había drenado de su pierna; Fidel estaba reactivo, abandonó esa postura derrotada en la cama, pidió que lo sacaran de la habitación, quería ver su milpa, o lo que alguna vez lo fue, y ahora era un páramo descuidado lleno de hierbas silvestres.
Lo sacaron al patio y lo acomodaron en una silla, consternados le preguntaban -¿qué quería? Tan sólo ver el amanecer, escuchar el bosque que rodeaba su casa, todo eso que había sido su reinado hasta hace poco y que fue perdiendo junto con las piernas, las esperanzas y las ganas de vivir.
El resto de la familia se sentó a su lado, en el suelo y tras un buen rato mirando cómo el sol alejaba la oscuridad, comenzó a platicar, como sólo los viejos saben, escarbando en las profundidades de sus vivencias, rescatando aquellas que lo habían iluminado y le habían salpicado la vida de gozo.
Alrededor, la sorpresa no cesaba, estaban más asombrados que fascinados de escucharlo, y aún mas de ver un brillo en su mirada nublada y esa sonrisa que olvidaron hace tanto. Los minutos se sucedían dinámicos, pero nadie quería interrumpirlo, así como el niño aprendiendo a andar en bicicleta y que se ha caído tantas veces que, cuando por fin logra vencer a la gravedad, quieres que nunca deje de pedalear, así lo observaban y escuchaban.
-¿Qué en esta casa no se desayuna? -dijo Fidel cuando hizo una pequeña pausa entre sus anécdotas.
No habían reparado en que la hora de desayunar ya había pasado, así que su hija y su nieta se levantaron y buscaron qué preparar, tampoco es que hubiera mucho, pero presintiendo que esta mejoría no sería duradera, sacaron lo mejor que tenían de su escuálida alacena para hacer un desayuno memorable. Al cual Fidel dio batalla, comía con ganas, de esas que se contagian. El menú no dejó de ser humilde, pero todos lo disfrutaban, junto con la abundante plática que continúo hasta ya cerca el medio día.
Le sugirieron que descansara un rato, no entendían de dónde sacaba tantas fuerzas y anécdotas, parecía que el embrujo se había esfumado y Fidel cobraba venganza a la oscuridad que lo tenía postrado desde hace tanto.
Lo llevaron a la cama para que descansara un rato, y su esposa a la que el asombro la tenía fatigada, se quedó con él sentada en una silla, trabajando en su bordado, hasta que también se quedó dormida con el bastidor en el regazo. Los demás en silencio, hacían las labores cotidianas que correspondían.
Su hija tomó el auto y fue al pueblo, deseaba festejar la mejoría de su padre. Si no hubiera vendido todas sus gallinas habría sacrificado a alguna, pero ya en el mercado tuvo que pedir fiado para conseguir los ingredientes que conformarían el menú festivo de la comida, un buen caldo que tuvo que ser de pollo, arroz y tortillas. Las personas del mercado ya sabían que la situación de la familia de Fidel era muy dura, más que la del resto del pueblo, y eso no era poco decir, pero les tenían aprecio, habían crecido juntos, y mas tarde que temprano, volvían a liquidar sus deudas.
Normalmente pedía prestado lo elemental para salir adelante, ni un poco más. Pero esta era una ocasión especial, así que, hasta unos claveles blancos consiguió con la señora de las flores, a la que le contó el motivo de tal suceso, eso le ablandó el corazón y aceptó dárselas con la promesa de pago.
Ya en casa, los viejos se habían despertado y platicaban con su nieta, quien habiendo terminado de limpiar un poco y ventilar el cuarto que hacía mucho no estaba sin esa pesadumbre de guardar enfermedad y dolor, ahora el aire cruzaba de un lado al otro, llevándose los muchos sinsabores. Al ver el cargamento de comida, no lo podían creer, primero se preocuparon por cuánto dinero deberían a los comerciantes, pero bajo la máxima y esperanzadora frase de “ya Dios proveerá”, se dieron a la tarea de preparar la comida.
Prendieron el radio que había enmudecido desde hace tanto, y con la música y la plática de Fidel que no paraba, pusieron manos a la obra.
Desde la mañana todo era una anomalía, e hizo que todo sucediera más tarde, pero no tenían prisa, días así eran raros. Así que, la comida estuvo lista ya avanzada la tarde, a todos les hacía ruido el estómago, en particular por los olores que arrojaban las ollas en la estufa.
Se acomodaron todos en la mesa, y al ver cacerolas con comida humeante, tortillas calientes y los claveles en una botella de refresco que fungió como florero, se quedaron pasmados por unos segundos, guardaron silencio espontáneamente. La vida les había golpeado desde hace tanto y con tanta saña que, una comida decente parecía un acto inmerecido de anarquía frente al orden divino.
-¿Y se puede comer o no’mas lo trajiste para mirarlo? -dijo a modo de broma Fidel para romper el silencio.
Arrasaron con todo, los huesos del pollo quedaron limpios, y apenas quedó un poco para la cena del abuelo. Para ese momento y entre la fatiga del desvelo, las emociones transcurridas desde la mañana y una sustanciosa comida, acordaron tomar una siesta. Llevaron a Fidel a su cama y la abuela ahora se acostó a su lado, se quedaron boquiabiertos, desde que había perdido sus piernas dormían separados. Al poco rato cayeron el resto vencidos de felicidad y cansancio.
Hay una regla no escrita en la medicina, que data de observaciones ancestrales. No infrecuentemente y de manera espontánea en algún paciente muy grave, al que ya creemos perdido, mejora, tanto que parece imposible, pero tras veinticuatro o cuarenta y ocho horas, fallece. Incluso en algunas ocasiones, da tiempo a darlo de alta y apenas llega a casa, o es visitado por todos aquellos que no pudieron verlo en el hospital, muere.
El caso de Fidel representaba una confirmación de esa regla no escrita. Cuando intentaron levantarlo para darle sus medicamentos de la noche y hacerle curación a la herida, ya no despertó, murió con tanta felicidad en su último día que, se veía mejor en ese momento que durante los últimos meses que había estado enfermo.
Su familia no sólo había pedido fiado en el mercado, también al destino le habían pedido prestado unos momentos de felicidad, que ahora se los estaban cobrando con réditos.
La anciana yacía a su lado, inmóvil, también sin vida. Ella que, se había mantenido firme tras los embates que datan de generaciones, ya descansaba, todo indicaba que no deseaba seguir luchando sin su pareja; y casi como deferencia a tantas injusticias, murió junto a su marido.
Después de contarme lo ocurrido, y esperando algún tipo de reproche; me llenaron de agradecimientos, por haberles ayudado a tener unos momentos de felicidad. Era absurdo tratar de explicarles lo que no entendía, esos designios misteriosos que no hacen más que conmovernos.
Leer la décimo tercera parte
Leonila estaba muy nerviosa por la encomienda ultrasecreta de la que sólo ella y yo sabíamos. Si bien ejecutivamente no implicaba nada complejo, ella sabía que, del resultado de esa búsqueda, el futuro de Luzma podía ser diferente, básicamente estaba retando al destino, y eso la tenía muy angustiada, normalmente los designios divinos se ensañaban con ella y su familia.
Me pidió que la acompañara, como si al estar estacionado a unas cuadras del local de renta de computadoras, su labor sería más eficaz. Por supuesto acepté y me ofrecí a manejar la vetusta camioneta. Sentía que habían pasado décadas y que mis habilidades primigenias para conducir estaban atrofiadas. Desde que abandoné mi auto alimentado por gasolina al terminar la especialidad, la transportación eléctrica, asistida por decenas de sensores y asistentes de conducción semi-autónoma fueran la norma, el retorno a maniobrar con tres pedales al suelo, palanca de velocidades y un volante que transmitía sin restricciones las inclemencias del accidentado camino me hicieron padecer, y también a Leonila que al ver mi falta de talento en trayectos tan agrestes, olvidó su misión y estaba más preocupada por llegar sana y salva al pueblo.
Al detener la camioneta, los dos quedamos en silencio, como esperando que el alma nos volviera al cuerpo, y tras un par de segundos Leonila advirtió imperativamente que, de regreso ella conduciría.
Acepté agradecido, aunque me percaté de que a pesar de haber puesto en riesgo nuestra integridad física, o tal vez por ello, esta sensación de no ser un usuario en una computadora inteligente, y sí el artífice de los movimientos (muchos de ellos salpicados de impericia) de la que máquina que sólo era guiada por mis pies y manos, me dejaron ufano.
Le tomó más tiempo del esperado, así que me salí y comencé a caminar por los alrededores, no quería alejarme tanto y aunque tentado a observar la labor de Leonila a lo lejos, preferí no intervenir y dejar que el plan prosiguiera como lo habíamos planeado. Los minutos se alargaron mucho, y mis pasos también. El pueblo era apacible, pero particularmente anacrónico. Todos los avances tecnológicos que yo había experimentado con excitación durante la última década, aquí sencillamente eran inimaginable. El asombro no me abandonaba, me parecía impensable que, a unas horas en autobús de la orbe más poblada del país, la cual contaba con todo lo último, este poblado carecía de esos milagros, pero también de los elemental como médicos y hospitales.
Leonila volvía sonriente, era innegable que lo había logrado, se percibía orgullosa, pero en particular con esperanza. A pesar de que todo indicaba un éxito, le pregunté qué tal había ido todo. Me indicó que las cosas había salido excelentes, pero necesitaba un té y un trozo de pastel para calmarle los nervios, y para festejar, acoté.
Mientras nos traían las bebidas, ella atacaba con la cuchara una senda rebanada de pastel de zanahoria, al que con menos intensidad yo también acometía, por cierto una verdadera delicia. Ya tranquilizada por la glucosa bañándole el cerebro, me comentó que encontró varias direcciones de correo electrónico, les pudo escribir un pequeño mensaje de su recién inaugurada cuenta de correo electrónico, me confirmó que lo hizo mencionando la recomendación de unos de los amigos de la facultad, éramos un grupo bastante amplio y unido que tuvimos una gran amistad, y seleccione a uno de ellos como quien recomendaba a Leonila.
Desde que las interacciones sociales se daban enviando pulgares hacia arriba o corazones, y en medio de un mundo hiperconectado, donde se demostraba amistad en una milésima de segundo, estaba seguro de que esa pequeña mentira, en la que alguien que no era yo los había recomendado para solicitarles ayuda, muy probablemente fuera increíble, la gente ya no recordaba ni lo que había desayunado el día anterior, mucho menos si habían enviado algún paciente al hospital. Pasaban tantas cosas y tan rápido, que era imposible recordarlas. Lo mejor era que mientras estaba enviando correos electrónicos y localizando gente en internet, le habían respondido positivamente casi en tiempo real. Leonila no podía creer que esa inmediatez, nada sorprendente para quien ni siquiera enciende el teléfono celular.
Sacó de su bolso unas hojas impresas con los mensajes de correo electrónico, la idea de imprimirlo fue idea de ella, me dio la prueba física de su éxito y de mis suposiciones, leí que efectivamente había la clásica respuesta de quien responde al vuelo, un mensaje efímero que parece cordial y una última línea enviando saludos al colega de la facultad. Pues teníamos resuelta la primera parte de la ecuación, un lugar y una persona con quién acudir para que valorar a Luzma y Fidel.
Pagó la cuenta y salimos satisfechos, me pidió las llaves de la camioneta, ni siquiera intentó ofrecerme conducir de regreso, ya estaba ocultándose el sol.
-Ya fueron demasiadas emociones para un solo día -me dijo.
Sonreí y asentí, durante el camino el hielo entre nosotros se había derretido por completo y no paraba de hablar y explicarme con lujo de detalle, cada aspectos de nuestra misión, parecía que había descubierto el nuevo mundo. Me causó mucha gracia saber que cuando abrió su cuenta de correo electrónico, leyó en tu totalidad los acuerdos y condiciones que todos obviamos y sólo aceptamos, con razón tardó tanto. Estaba sorprendida, porque casi no entendía todos los términos, pero percibía que, podían hacer y deshacer con esa cuenta y compartirla con una lista de diez mil socios comerciales. No comprendía cómo lo que ella escribía le podía interesar a tanta gente; se sinceró y me dijo que si no hubiera sido por Luzma y Fidel no hubiera aceptado todo eso, por un momento sentí ternura de su afirmación, hacía mucho que nadie reparada en lo que ocurría en todas las cuentas que tenían para facilitarles la vida.
Llegamos a la casa prácticamente de noche y observamos que el auto de la familia de Fidel estaba estacionado, lo cual no debía ser nada bueno, ya que, mi visita estaba programada para la mañana siguiente.
Leer la décimo segunda parte
Si bien es cierto que no nací en la época de los grandes avances tecnológicos; y hasta la debacle que me tiene en este pueblo; fui un apasionado de eso que parecía magia pura, y sobre la tecnología construí mi castillo, hasta que esa misma fe irrestricta casi me deja en la calle. El día que desaparecí para el mundo físico, también lo hice para su versión digital.
Algunas veces lo había intentando, aunque de manera más tímida; cuando me despertaba en medio de la madrugada y una visita al sanitario terminaba en un pequeño maratón de capítulos de series o de las transmisiones ininterrumpidas de la gente “interesante”; o cuando en alguna cena con amigos la mayor interacción era tomarnos una foto que confirmaba a los demás que habíamos estado juntos, en el mismo lugar y a la misma hora, pero ya en el auto caía en cuenta de que, salvo dos o tres temas superficiales relacionados con la comida o el último chisme de algún famoso, la mayor parte del tiempo estábamos con la pantalla en la mano, en la muñeca o los lentes. Pero bueno, mis intentos de separación digital eran bastante débiles y esas pequeñas aproximaciones eran efímeras, pero no por ello sencillas.
Una de esas epifanías ocurrió cuando en un mismo día el repartidor tocó cuatro veces en mi departamento, yo mismo lo recibí dos veces, en la mañana muy temprano y casi para dormir, ya entrada la noche, a lo largo del día lo vi por la cámara que vigilaba mi puerta y le abrí el buzón en la entrada del edificio. Esa noche tras recibir mi cena y recordar que tenía paquetes por abrir, caí en cuenta que, era la persona que más veía y más me frecuentaba. Trayendo comida, enseres para la casa, medicamentos, alcohol y un largo etcétera, ese perpetuo personaje me visitaba todos los días. Alguna ocasión intenté cambiar ese hábito, al menos un poco, ir a la tienda de ropa por algunas corbatas y camisas. Honestamente fue una sensación muy molesta, ver todas las opciones, el vendedor y su pésimo gusto mostrándome opciones que definitivamente no me agradaban, al final abandoné la tienda, y al llegar a casa, en la pantalla del asistente digital ya tenía un perfil muy detallado de mis gustos, pareció adivinar lo que necesitaba, tipo de prendas, colores y tallas, un excelente pedido que, llegó a la mañana siguiente, por el mismo repartidor que, a pesar de las ojeras y el aspectos de fastidio, me reservaba una sonrisa sincera, pensándolo con detenimiento y viendo que entregaba paquetes a toda hora, era más probable que viera con más frecuencia a sus clientes, que a su familia.
Ahora y desde hace semanas no hay ninguna antena de telecomunicaciones trazando todos mis movimientos, tarjetas de crédito sabiendo qué compro y prediciendo con gran precisión mi siguiente paso, o mi auto que tenía años transmitiendo mis rutas cotidianas, y mil cosas más que desaparecieron en su totalidad el día que en medio de la noche, ya no hubo manera de trazar mi camino. Esas miles de migajas de pan digital cesaron, siendo la última mi nombre impreso en el boleto de autobús y que fue escaneado por la máquina que registraba el acceso del camión que me llevaría hacia la incertidumbre.
Las cosas se sucedieron tan rápidamente que, no tuve tiempo siquiera de dudar, y que el destino me arrojara a la periferia de un pueblo al que los servicios, incluyendo internet, era errático, había hecho que mi deseo, o mejor dicho, mi esperanza de regresar a ese paraíso digital fuese imposible en términos prácticos. Mi mundo se redujo a lo tangible, a las limitaciones de lo que existía y podías tocar, a las palabras dichas por otras personas, de sus problemas que me implicaban directamente. Antes sabía tanto de tantas cosas, pero en el fondo, estaban en algún lado indeterminado, sin que mis decisiones o comentarios influyeran en nada, era uno de varios millones de ese espectáculo que llamábamos vida.
Ahora mi realidad estaba francamente acotada, pero tenía implicaciones y consecuencias directas, nada ocurría en lugares inimaginables que me dejaban de importar a los veinte segundos. Ahora eran tan pocas pero tan relevantes que, lejos están los días en que sabía vida y obra de cientos de personas o bots.
Es paradójico que, en el pasado sabía que podía apagar la pantalla y olvidarme de ese mundo, pero nunca lo hacía, y hoy que sé que, la vida tangible no se puede apagar, hay momentos que desearía desconectarla.
Mientras desayunaba; después de una ducha y cambio de ropa con olor a bacterias asesinas; pensaba lo que ocurría con Luzma y Fidel. En otro momento estaba lleno de contactos y “amigos” que en algo me podían ayudar, pero hoy no quería volver a encender la luz que señalaba dónde estaba, qué hacía, qué comía, por dónde camino, no quería ser detectado por mi acreedores que, estaban esperando el momento para saldar cuentas. Pero si quería ayudar un poco más a mis dos pacientes, tenía que pedir ayuda, ver si algún colega podía ofrecer alguna opción que les permitiera salir adelante. Era consciente de que, con los recursos que contaba, yo ya había alcanzado mi límite. Algunos amigos de la universidad y especialidad trabajan en hospitales que, aunque con muchas y cada vez mas frecuentes limitaciones, en algo podrían ayudar. Pero cómo hacerlo sin dar señales de vida; los teléfonos, computadoras y otras pantallas, estaban diseñadas para identificar a sus usuarios y extraer perfiles de las miles de fuentes digitales y bases de datos, donde se encontraba registrado todo lo que ocurre en nuestra vida digital, que en términos prácticos era la vida.
Las hermanas de Luzma eran las candidatas ideales, estaban enganchadas al teléfono, sólo las limitaciones geográficas les impedían estar con la retina llena de bits y bytes, pero cada que podían se escapaban a alguno de los parajes donde de manera intermitente la señal llegaba, y podían acceder a ese universo en el que todos estaban. Pero por esa cercanía era muy fácil que sus conversaciones escritas o habladas filtraran mi información y aunque parecía paranoia, la tecnología lograba extraer cada vez más datos y su poder de computo era capaz de triangular esa migajas y dar aviso a las empresas que seguramente me buscaban para saldar mis deudas.
Honestamente, más allá de ello, esa vida me había hecho bastante daño, ahora estas semanas que, aunque en situación precaria y con muchas limitaciones, estaban siendo un bálsamo. No me costaba nada tomar el teléfono y hacer una búsqueda, pero era un retroceso, un riesgo de volver al mundo que me había escupido.
Leonila se transformó en mi objetivo, apenas usuaria elemental y a regañadientes del teléfono, era poco probable que vertiera información de más, comprometiéndome. Aunque también este analfabetismo digital ponía en riesgo la tarea, encontrar los datos de contacto de uno de mis colegas que pudieran ayudarles.
En el pueblo, para sorpresa de nadie, aún existían unas reminiscencias dónde se rentaba computadoras por horas, en la actualidad casi extintos, los teléfono y bots eran capaces de hacer más cosas en la palma de la mano.
Le indique a Leonila dónde buscar y cómo; tarea ardua, ya que nunca lo había hecho e insistía en que sus hijas lo podían hace mejor. Pero entendió y acepto mis razones, que no eran todas verdaderas, que sí convincentes.
Le escribí en un papel los nombres de colegas y hospitales donde recordaba que trabajaban, al menos hasta la última vez que tuve contacto digital con ellos, confiaba que Leonila traería la información necesaria para poder canalizarles y en la medida de lo posible ayudarles.
Así que una tarde, Leonila en modo agente secreto se fue al pueblo y pasó varias horas metida en un local lleno de computadores de alquiler, rastreando información sobre quienes pudieran ayudarla.
Leer la décima parte
Las cosas sucedieron bastante rápido, tras conseguir controlar el dolor y realizar ajustes en los líquidos intravenosos que se administraban a Luzma, la fuerza de su edad ayudó para que comenzara a mejorar poco a poco, nada de cambios milagrosos. Pero se había logrado asentarle el estómago y paulatinamente comía un poco más; un gran logro fue que se mantuviera sentada buena parte del día, con lo que, ahora ya podía salir de su habitación y mantenerse casi todo el tiempo en el comedor, para ser participe de la vida cotidiana. Cuando consiguió recuperar fuerzas para que con ayuda pudiera acudir al sanitario y por fin retirarle el pañal que documentaba su incontinencia, fue motivo de fiesta.
Al principio dudaron, cuando reduje a lo indispensable la interminable lista de medicamentos que la inundaban de efectos adversos, y el resto del cuidado se basaba en la rehabilitación y encontrar la manera de alimentarla adecuadamente; mientras no se volviera a infectar, existía la posibilidad, no de una cura, pero si de un restablecimiento que le diera a todos un suspiro en espera de lo inminente.
Yo me instalé en la casa de la abuela Leonor, aunque los primeros días insistí en quedarme en uno de los hoteles que había en el pueblo, mi permanencia de casi todo el día en la casa y la persistencia de ellas por pagar mi estancia, sabiendo que los recursos no sobraban, me hicieron aceptar el cuarto que usaban como pequeña bodega que, con algo de limpieza y un mobiliario mínimo, se lograba decencia y comodidad para pasar la noche.
Durante el día ya tenía establecida la rutina de cuidados de Luzma que, junto con su abuela lográbamos llevar atenta y pacientemente. Por supuesto que el tiempo me sobraba, incluso después de convencerlas para que les ayudara a realizar actividades en la casa, ya que nunca aceptaron que les pagara por la estancia y la comida; así mi rutina estaba establecida a las pocas semanas. Fuera de la paciente y las actividades domésticas, el tiempo, por primera vez en décadas, dejó de ser un bien limitado y lleno de distracciones. Mi cuerpo y mi mente necesitaban un sucedáneo a la hiperestimulación y multiactividad a la que estaba habituado. Al principio temeroso, comencé a caminar por los alrededores de la casa, con el paso de los días y con más confianza esas caminatas se fueron adentrando en el bosque que me rodeaba. Cuando mis anfitrionas se dieron cuenta que los paseos se dilataban, me dieron algunas recomendaciones sobre la lluvia y los truenos, evitar que me sorprendiera la noche en medio de la nada y, lo más importante, alejarme de las propiedades que se encontraban anormalmente protegidas o incluso custodiadas, era mejor no saber lo que ahí ocurría.
Esas caminatas fueron mi terapia, poco a poco y con muchos kilómetros de por medio, las ideas y mis sentimientos se comenzaron a desenredar, conforme iba reconociendo brechas y caminos entre los árboles, me desahogaba; no encontré respuestas pero, todos los sinsabores se fueron macerando paulatinamente.
Una tarde al volver, siempre antes de que el sol se ocultara, vi una camioneta estacionada fuera de la casa, lo cual me pareció extraño; desde que llegué nunca había habido visitas. Deseé que nada malo hubiese pasado; Luzma estaba razonablemente estable y mejoraba lo poco que la leucemia le permitía y lo mucho que los cuidados de su familia le prodigaban. Pero sabía que la abuela aunque fuerte era una candidata ideal para que las desgracias se ensañaran.
Apuré el paso y entré con sigilo a la casa, Leonila y Leonor, con otras dos mujeres que, representaba una familiar similar, abuela y madre, estaban sentadas a la mesa con cuatros jarros con café humeante y caras demasiado largas. Al verlas dirigí la vista a la abuela, que se adelantó a mis presentimientos.
-Luzma está dormida doctor -dijo para tranquilizarme- ¿se puede sentar con nosotras?, estas personas quieren hablar con usted.
La abuela Leonor me presentó con ellas, y me ofreció disculpas anticipadas, por el atrevimiento, pero sus amigas tenían un paciente muy grave y no sabían qué hacer.
Explicaron que, desde que llegué la gente sabía que era médico; lo cual confirmó mi creencia de que las noticias se regaban como pólvora; y el esposo de la anciana estaba muy enfermo, ya se lo habían desahuciado en todos lados, y se rumoreaba en el pueblo que yo había curado a Luzma.
-Le pedimos que nos ayude, mi marido está sufriendo mucho y no sabemos qué hacer -dijo la anciana completamente derrotada.
No quise aclarar la situación de Luzma, tampoco era momento de recordar que el destino era terrible. Y a pesar de que tenías varias justificaciones para negarme, la cara de las mujeres tiraba por la borda cualquier argumento, no tenía elementos para dejar de ayudar al patriarca de esa familia.
Esa ocasión regresé ya muy avanzada la madrugada, lo primero que hice fue entrar a la casa para ver cómo seguía Luzma, desde mi llegada nunca la había dejado tanto tiempo. A pesar de la hora, la abuela Leonor estaba en la mesa esperando con un bordado entre las manos. Al verme me preguntó si quería cenar, hubiera querido negarme y no dar molestias, pero moría de hambre y de fatiga. En silencio me sirvió lo de siempre, que siempre era exquisito, aunque con tanta hambre me supo a gloria pura. Ella se mantuvo en silencio mientras llevaba las cosas a la mesa, rellenó su jarro de café y se sentó a mi lado.
-Muchas gracias doctor, sé que me dijo que ya se había retirado, pero se le está yendo el marido y nadie los ayuda, ni siquiera a bien morir.
La tranquilicé, le dije que no se preocupara, efectivamente su situación era muy complicada, y que haría todo lo posible por ayudarles. Igual aclaré que mis cuidados con Luzma seguirían como hasta ahora. Leonor me agradeció y bendijo en múltiples ocasiones; al terminar de cenar o desayunar, no sabía muy bien, se levantó a recoger las cosas y me mandó a dormir, ella continuaría bordando un rato más, los fantasmas le habían espantado el sueño.
Ya en mi habitación me tiré sobre la cama, estaba rendido; me quedé dormido sobre la cobijas, no supe hasta que hora desperté pero, la luz me pegaba en la cara con persistencia, el olor en la habitación era penetrante, cuando llegué, el cansancio me venció, pero hoy era evidente que mi ropa, mi cuerpo, toda esa habitación estaba inundada de ese olor a miasma y muerte, que me traje de casa de aquel viejo moribundo.
Leer la novena parte
Le pedí a Leonila que me mostrara los resultados de los estudios, notas o resúmenes médicos, recetas, todo lo que me permitiera tener una mejor idea de lo que le había estado pasando a Luzma; también pedí que me trajera los medicamentos con los que contaban en la casa.
La enferma se quejaba soterradamente mientras dormía, estaba tan desgastada que no reaccionó a mis maniobras de exploración, pero el dolor debía ser lo suficientemente intenso que se quejaba cada tanto.
Después de que Leonila hiciera la exposición de sus derroteros, le respondí con la verdad, no con toda, pero sí la que para ella y su familia era relevante; que yo era un médico intensivista retirado que, aunque no era oncológo ni hematológo, si había visto pacientes en la condición de su hija; evité usar la palabra terminal, no sabía que tan conscientes estaban de la situación; y que haría lo posible para que Luzma se sintiera un poco mejor. Antes de que lanzara la pregunta, le aclaré que, no tenía intención de cobrarles, y recordé que todos mis vienes estaban en la mochila que deje apoyada en el piso del corredor, ojalá no fuese yo quien llevara una ingrata sorpresa.
Leonila aceptó desconfiada mis argumentos, seguramente deseaba, pero se inhibía, preguntar los detalles elementales; y antes de que se animara, pedí las cosas que ayudarían a entender mejor todo el panorama.
Me quedé solo con Luzma, dolía verla en ese estado, cualquier adolescente de esa edad estaría experimentando la transición biológica que expone los atisbos de lo que será su vida futura. Pero ella estaba en un estado muy avanzado de la enfermedad, emaciada, con las salientes óseas cubiertas con almohadillas para evitar que se ulcerarán, a pesar de que lubricaban y cuidaban la piel con frecuencia, era pálida y opaca, con moretones aleatorios que se negaban a desaparecer, la ausencia total de pelo ocultada con una pañoleta llena de colores, era lo único alegre de toda su situación. No se necesitaba ser un especialista para saber que Luzma estaba en sus últimos días.
Mientras pensaba qué podría hacer con el dolor de la paciente y las esperanzas de su familia, entraron Leonila y la gemela de Luzma, con una caja de cartón llena de medicamentos y un par de carpetas con los documentos médicos.
Había trabajo para un buen rato, así que lo primero era ver si encontraba algo para reducirle el dolor. Ese síntoma era la moneda de cambio en las grandes desgracias, el ejército que lidera una guerra de baja intensidad, dilapida la poca energía del paciente, además mina el ánimo y la fé de todos. Durante los primeros semestres en la facultad de medicina te repiten hasta el cansancio que, el dolor es una respuesta de defensa; conforme el mundo de las enfermedades y sus vicisitudes se van abriendo camino, no puedes dejar de pensar que, en no pocas ocasiones, el cuerpo y sus reacciones sólo buscan traicionarnos. Luzma era el claro ejemplo, su médula osea se volvió loca, como adicto a la cocaína, hacía desmanes en su sangre, dejándola inservible, lista para ser presa de los miles de adversarios microscópicos que nos rodean, en espera de una oportunidad y deshacerse de nosotros.
En esa caja había de todo, era claro que habían pasado por un sín fin de médicos, muchos y malos, varios desorientados, y los menos, con alguna idea de cómo ayudar a la paciente. Las recetas eran huellas digitales que indican el saber o la ignorancia de quien las escribe, se notaba con que poco estudio algunos salían a la calle a atender pacientes. Medicamentos caros y baratos, sustancias que la historia había demostrado su ineficacia; la caligrafía famosa de los galenos que más parece ocultar delitos de analfabetismo; fármacos que no deben mezclarse, mecanismos de acción similares que sólo suman efectos adversos. Paradójicamente lo mínimo que necesitaba estaba ahí, pero la combinación adecuada no estaba escrita en ninguna receta, lo cual me dio una sensación agridulce, por un lado tenía campo de mejora y podría ayudar, pero por otro, me imaginaba todo lo mal que lo habían pasado todo este tiempo.
Le pedí papel y pluma para poder organizar los medicamentos y su administración. Pero antes tenía que establecer una idea clara de las circunstancias, aunque una idea ya tenía, hay pocos diagnósticos tan abominables a esa corta edad. Decenas de notas y estudios de todo tipo, era terrible ver la cronología del camino accidentado, y no pocas veces contradictorio que habían cruzado. Sé que a “toro pasado” es muy fácil opinar, pero qué difícil les fue encontrar a alguien con la mínima lógica que les orientara el diagnóstico y por supuesto, el tratamiento; era evidente la persistencia de la familia que, se levantaba tras cada tropiezo patrocinado por mis colegas. Más fácil hubiera sido decir no sé, tampoco es un caso fácil, y no hacerles perder tiempo, dinero y esperanzas.
Cada tanto le preguntaba a Leonila detalles de los eventos médicos para rellenar los huecos y develar las mentiras, errores, entre otras desgracias que albergaban esos documentos. Conforme avanzaba veía que la madre de Luzma cooperaba con más confianza, creo que tampoco le habían dado oportunidad de hablar, y menos de ser escuchada, en esas consultas cronometradas poco se puede dialogar.
No supe cuánto tiempo pasó, pero el suficiente para que la abuela entrara con dos vasos con agua y Leonila aprovechara para ir al sanitario. Leonor se sentó en la silla que había usado su hija y mientras me tomaba el agua, disparó sin sutilezas
-¿Cuánto le queda a mi nieta?
La pregunta me tomó desprevenido, denotaba que la vida le había enseñado a identificar las causas perdidas, pero también a a intentarlo todo.
-Ya revisé todo y además de que su enfermedad es muy agresiva, su cuerpo y sus fuerzas están muy deteriorados.
La anciana escuchó como si lo supiera, y con el rostro impertérrito, la mirada la traicionaba, aunque se estaba desplomando, esa lágrima nunca se desbordó. Fui honesto, pero tampo crudo, ya la habían pasa mal, ni el maltrato ni la condescendencia eran un trato justo. Le expliqué que ese tiempo nadie lo sabía exactamente, pero sin duda sería poco, y dado eso, le propuse que hiciéramos todo para que tuviera las molestias más controladas, pudiera comer un poco mejor, esperando que se animara, y el resto, era impredecible.
-Entonces no hay ninguna esperanza ¿verdad? -tiró su último cartucho
-Aún estando en el mejor hospital y con los mejores tratamientos, apenas lograríamos unos pocos meses más -en ese momento mentí, existían algunas posibilidades pero hasta para a los que les sobran los recursos económicos son inaccesibles. No veía la necesidad de dejarles grabado en el corazón que su condición, un sistema de salud cayéndose a pedazos y una ciencia interesada primordialmente en el rédito financiero, eran los responsables de endosarles una culpa indeleble por la muerte de Luzma.
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