A los 18 años, Ana Isabel le escribe una carta a Nicté su madre quien al morir le dejó un insoportable vacío. Eligió las drogas para evitar el dolor y expresar su disgusto por la vida. Ha tenido 11 intentos de suicidio. Probó los alucinógenos para lograr ver a Nicté. Ana le cuenta a su madre cómo se hundió con las drogas. Lleva el tatuaje de un demonio que fuma, símbolo de la manera en la que se le iba la vida. Ahora, Ana se rehabilita con otras jovenes en una Fundación donde ha encontrado una familia. Busca el perdón de Nicté pero también quiere renacer, lograr su equilibrio a través de la expresión corporal, la escritura y la espiritualidad.