Miércoles 23 junio 2021 Reflexión devocional de Joel Sierra
ATENDER: Mi deseo
ESCUCHAR: Salmo 119:5 (La Palabra)
¡Ojalá mi conducta fuera firme
en el respeto a tus normas!
PENSAR: Es lo que más quisiera. Que yo forme parte de ese pueblo de afortunados que guarda la palabra de Dios. Ojalá yo pudiera ser de esos que no cometen mal alguno, y que marchan por sus caminos. La persona creyente que ora con este salmo tiene la humildad de reconocerse como una obra todavía inacabada.
Sí reconoce que hay algunos que son muy bienaventurados, porque son de conducta intachable y caminan en la ley del Señor. Pero también reconoce que él todavía no llega a ese punto. ¡Cómo quisiera tener en mi vida esa clase de felicidad!
“Lo que más quiero es ser como Cristo. Es mi anhelo, ser como él”. Este tipo de oración humilde es una prueba indubitable de ir por buen camino. La persona que se acerca al Señor siente todavía más su enorme necesidad de Dios. Mientras más nos acercamos a Cristo reconocemos más y más nuestra incapacidad y el enorme poder de Dios. Reconocemos nuestra indignidad y la sublime gracia de Dios. Reconocemos nuestro pecado y la pureza y santidad de Dios.
Acercarse a la palabra de Dios no debe producir en nosotros una arrogancia o sentido de superioridad, sino todo lo contrario. Debemos sentirnos cada vez más necesitados de su amor y de su bondad en nuestra vida. Si alguien piensa que se ha acercado a la palabra de Dios y sólo se ha hecho más orgulloso y pedante, más soberbio y pesado, entonces está yendo por un camino equivocado. La humildad es el efecto que produce en nosotros el acercarnos a la palabra de Dios.
El salmista quisiera tener una conducta firme en los caminos del Señor, para ser un vivo reflejo de la justicia y rectitud de la palabra de Dios. La motivación de esta oración no es egoísta ni individualista. No se trata de querer ser el mejor de todos los cristianos, como si la verdadera fe fuera una competencia para ver quién evangeliza más, quién ora más, quién ayuna más, quién es de conducta más correcta. Esa motivación está totalmente equivocada.
Más bien, el ruego es que nuestra manera de vivir pueda demostrar a todo el mundo que Dios es real, y que su palabra es poderosa para transformar una vida deshecha y desviada en un camino de alegría y salud, de justicia y de paz.
Me ofrezco como conejillo de indias. Que se haga en mi vida este experimento, para constatar en carne propia los efectos de la palabra de Dios. Que se note en mi vida eso que produce la palabra viva y eficaz: la alegría de vivir, la esperanza en medio de adversidades, la paz que sobrepasa todo entendimiento, y el amor que no conoce condiciones ni obstáculos.
ORAR: Señor, ¡cómo quisiera que mi vida diera testimonio fiel del poder de tu palabra! Amén.
IR: El Señor no abandona la obra de sus manos.