Imagina a un hombre solo, caminando bajo el sol de los Alpes suizos, con un cuaderno gastado en el bolsillo y la cabeza llena de pensamientos que nadie comprende. Un hombre enfermo, casi ciego, que ha abandonado su cátedra y su patria. En su soledad, escribe con letra temblorosa ideas que parecen imposibles, como si el mundo entero se hubiera quedado atrás y él caminara un paso por delante del tiempo.
Este hombre es Friedrich Nietzsche. Un nombre que brilla con luz propia en la historia de la filosofía. Y no fue un filósofo común.
Mientras otros buscaban la verdad, él se atrevió a preguntar si la verdad merecía ser buscada.
Cuando el siglo XIX caminaba con paso firme hacia el progreso contenido en el maquinismo generalizado apoyándose en la razón y la ciencia, Nietzsche sospechaba que bajo todo ese brillo moderno se escondía un cansancio profundo, una decadencia del espíritu.
Veía a una Europa que creía saberlo todo… pero que ya no creía en nada.
¿Qué hace un hombre cuando percibe que los valores sobre los que se levanta su mundo están vacíos?
¿Se resigna… o intenta crear otros nuevos?
Nietzsche eligió lo segundo, aun sabiendo que esa elección lo llevaría a la incomprensión, al aislamiento por parte de sus contemporáneos. Lo que desconocía es que también le llevaría, finalmente, a la locura.
Fue el pensador que quiso reinventar al hombre desde sus ruinas, que quiso derribar los viejos ídolos para liberar lo que él llamaba “la fuerza vital”.
Su vida fue un combate continuo: contra su cuerpo enfermo, contra las costumbres de su tiempo, contra la religión, contra la moral, contra el lenguaje mismo.
Y, sin embargo, en esa lucha desesperada, encontró una forma de afirmación radical de la existencia: una invitación a decir “sí” a la vida incluso cuando duele, incluso cuando parece no tener sentido.
Este episodio es un viaje por la mente de un hombre que quiso despertar a la humanidad de su sueño moral, que buscó en la música, en el arte y en la filosofía una forma de recuperar lo sagrado… sin recurrir a Dios.
Porque Nietzsche no quiso destruir por placer de hacerlo, sino por necesidad. Quiso abrir espacio a lo nuevo, a un ser humano capaz de mirar el vacío y no temerlo.
Hoy, más de un siglo después, nos obliga a mirar hacia dentro y preguntarnos:
¿cuántas de nuestras convicciones son realmente nuestras, y cuántas hemos heredado sin pensar?
¿Seríamos capaces de vivir sin certezas, sin dogmas, sin un sentido preestablecido de las cosas?
¿Estamos, en definitiva, dispuestos a ser verdaderamente libres?
Hoy la Escafandra 2020 viaja hasta el siglo XIX para conocer a una de las mentes más torturadas y más lúcidas de la historia de la filosofía. Un hombre cuyas ideas conservan hoy la misma fuerza reveladora que las engendró. Su filosofía, con ideas como el superhombre o la voluntad de poder, desafía a cuestionar valores impuestos y abrazar la vida en su crudeza más auténtica. Su crítica a la moral cristiana y el nihilismo moderno sigue inspirando a forjar nuestro propio camino. Frases como “Dios ha muerto y nosotros le hemos matado”, “lo que no me mata me hace más fuerte” o “hay un único camino hacia la felicidad, y es dejar de preocuparse por lo que piensan los demás”, surgieron de su cerebro inigualable. Un cerebro torturado y fértil. Este es Friedrich Nietzsche y esta es su historia.