
Sign up to save your podcasts
Or


Un hombre sube en Lisboa, no dice su nombre y no lee. Se sienta siempre en el mismo sitio de cubierta y mira.
Tercero de siete episodios especiales.
Eduardo Mutis Vargas bordea Europa de Lisboa a Ámsterdam: Finisterre, el golfo de Vizcaya, el canal de la Mancha, el mar del Norte. Doce días. Le escribe a Maqroll el Gaviero, que no responde ninguna de las siete cartas.
En esta: un temporal que le anunciaron durante tres días y nunca llegó, un plato de espaguetis con atún que cambió su lugar a bordo, y una pregunta que un poeta hizo en Ámsterdam el invierno pasado y que Eduardo no ha podido soltar.
Uno se prepara para lo que tiene nombre. Lo otro simplemente llega.
No hables. Escucha, permanece, y deja que el mar, en silencio, ordene lo que venías buscando.
Con Daniel Rueda Serrano. Maqroll el Gaviero es un personaje de Álvaro Mutis; aquí se le pide prestado el silencio.
Veintiún días de Atlántico Norte sin ver tierra. Ningún relato marinero cuenta esta parte del viaje, porque no ocurre nada.
Segundo de siete episodios especiales.
Eduardo Mutis Vargas cruza de Nueva York a Lisboa como ayudante de cocina en un velero de tres palos, y le escribe a Maqroll el Gaviero, que no responde ninguna de las siete cartas.
En esta: una ciudad que por primera vez se le hizo audible, ocho días sin noticias que le desmontan veinte años de oficio, una segunda tormenta que lo encontró dormido, y un cocinero que le explica que el punto de no retorno ya pasó.
El asombro no se pierde de cansancio. Se pierde de competencia.
No hables. Escucha, permanece, y deja que el mar, en silencio, ordene lo que venías buscando.
Con Daniel Rueda Serrano. Maqroll el Gaviero es un personaje de Álvaro Mutis; aquí se le pide prestado el silencio.
Esta serie no es la temporada 4. Son siete episodios especiales, numerados del 101 al 107, que continúan el consecutivo después del cierre de la temporada 3 en el episodio 100. Tampoco son bitácoras: son una serie hermana, con ADN propio, que hereda el tono pero no las reglas.
La premisa es una sola y hay que protegerla: Eduardo Mutis Vargas escribe a Maqroll el Gaviero, y Maqroll no responde nunca. El silencio del destinatario es la forma del podcast convertida en estructura narrativa.
Hace más de quince días dije que la vida se organiza en capas que uno prende, apaga y congela. Volví al mismo sitio del Caribe a discutírmelo.
Porque un layer no sirve solo: necesita un plano base debajo. Y Zygmunt Bauman diría que ese plano ya se derritió — que nada dura lo suficiente para planear con ello.
Tiene razón en casi todo. Menos en una cosa: una canción sobrevivió al cassette, al disco quemado y va a sobrevivir a Spotify.
Ahí está el punto fijo. Y el punto fijo, en arquitectura, es también la ruta de evacuación.
Cien episodios. Tres temporadas. La cuatro empieza en el 101.
En arquitectura una capa se prende, se apaga y se congela. ¿Y si una vida se organizara igual?
Grabado a orillas del Caribe, sin guion. Del papel mantequilla al layer del AutoCAD, y de ahí a las siete u ocho etapas en que cabe una vida entera. Superponerlas es más difícil de lo que parece: las líneas no cierran.
Pero hay algo que sí atraviesa todas las capas. La música. Los olores. Los libros que ya no curan pero recuerdan la enfermedad. Y la obra de Roberto Burgos Cantor, que conecta con una ciudad que no es una etapa: Cartagena.
Identifique su conector. Hágalo ahora que usted lo puede hacer.
Apoyame con un café:
https://buymeacoffee.com/nohables
En 1988 se emitió Midnight Caller, la serie que en Latinoamérica llegó como Llamadas de Media Noche: un expolicía al frente de un programa de radio nocturno, recibiendo llamadas de gente que no tenía a quién más llamar. Era ficción, pero la premisa no lo era.
Este episodio parte de ahí para preguntar qué perdimos cuando el podcast heredó la intimidad de la radio y le agregó algo que la radio nunca tuvo: el botón de deshacer.
Y después deja de preguntar. Llamé a alguien que conozco y le propuse una conversación de treinta minutos con una sola regla: no se edita. Ni lo que dijera él, ni lo que dijera yo. No sabía qué le iba a preguntar. Le pedí autorización antes de empezar y se la volví a pedir al final, grabada, cuando ya sabía a qué le estaba diciendo que sí.
Aclaración necesaria: este programa no es una línea de ayuda y yo no soy psicólogo ni terapeuta. Si esta es una de esas noches, llame a un amigo, despierte a alguien de su casa o busque un profesional. Lo que ofrezco aquí es escucha y publicación, con permiso.
No Hables — un podcast sobre lo que no se dice.
Apoyame con un café en:
https://buymeacoffee.com/nohables
Hay ideas que uno tiene y las deja quietas. Hay otras que uno decide evolucionar. Y hay unas terceras — las peligrosas — que uno agarra, las trabaja durante horas, las discute, las defiende, las corrige, y al final del día termina descubriendo que estaba construyendo otra cosa distinta a la que creía.
Esta es una de esas.
Hay una actividad que no tiene nombre técnico y que todos conocemos: la pensadera. Esa voz que se enciende cuando caminas, cuando trotas, cuando el agua cae en la ducha y la mente se suelta a hablar sola. Ordena el día, repasa pendientes y, a veces, repite una frase de un libro que leíste hace meses —como si el autor te la dictara al oído—.
En este episodio nos hacemos una pregunta incómoda: ¿y si esa voz no es del todo tuya? ¿Y si tu monólogo interior es, en realidad, un coro de todo lo que leíste, escuchaste y subrayaste a lo largo de una vida?
Para pensarlo, llegó a estos micrófonos un cuaderno. Lo escribe a mano un hombre que firma como Eduardo Mutis Vargas: tinta azul, letra cursiva, un amor terco por el papel. En sus páginas está escrito, sin proponérselo, casi todo lo que la ciencia y la literatura han intentado decir sobre la voz interior. Y hay en ese cuaderno un detalle —uno solo— que lo cambia todo.
Un episodio sobre la pensadera, los libros que nos escriben antes de que escribamos, y esa línea finísima entre leer y convertirse en otro.
No Hables · Temporada 3 · Episodio 24.
Autores y obras que rondan este episodio: Fernando Pessoa, José Saramago (El año de la muerte de Ricardo Reis), Roberto Burgos Cantor, Søren Kierkegaard, Michel de Montaigne.
Hay un capítulo en Rayuela que nadie cita. El capítulo 56. Un hombre solo en un cuarto de clínica psiquiátrica tiende hilos de colores entre los muebles, coloca baldes con agua en el piso, siembra esferas metálicas en la oscuridad. Se prepara para una guerra que quizás nunca llegue.
Cortázar lo llama miedo. Yo lo llamo esperanza.
En este episodio, ese capítulo viaja a Bucaramanga. A los años ochenta. A un muchacho del colegio San Pedro Claver y del Grupo Scout III Claveriano que quería ser oficial de la Armada en una ciudad rodeada de montañas, a cientos de kilómetros del Mar Caribe. Que aprendía nudos para viajes sin fecha. Que se acomodaba en un tapete de cuero de vaca frente a un Sony Trinitron de quince pulgadas y veía a Magnum PI recorrer Hawaii con el mar siempre al fondo.
La esperanza verdadera no es un consuelo. Es una decisión que se toma en la oscuridad, sin garantías, sin testigos. Es tender algo frágil hacia algo invisible y seguir tendiendo aunque no caiga donde calculaste.
Este episodio es sobre eso.
Y sobre la puerta que, tarde o temprano, se abre.
Casi todos hemos hecho este gesto: tomar un papel y anotar algo pendiente. Algo que importa lo suficiente para no olvidar. Parece un acto menor. Doméstico. Pero una lista no es solo una herramienta de organización — es una promesa. Y como toda promesa, lleva en sí misma la posibilidad del incumplimiento.
En este episodio hablo de lo que revelan las listas que nunca tachamos: esas carpetas sin arreglar, esos tableros llenos de proyectos que algún día, las llamadas que llevan meses esperando. No como fracaso, sino como evidencia. Como el mapa de la distancia entre quien somos y quien quisimos ser cuando escribimos esa línea.
Y al final, una sola pregunta: ¿qué escribirías si esta fuera la única lista que pudieras cumplir?
🔗 Si el podcast te aporta algo, puedes apoyarlo o suscribirte a las bitácoras en
Buy Me a Coffee
From the publisher's feed