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Hace poco un cliente me dijo algo que me quedó resonando:
“En mis posteos parezco un gerente. Pero en realidad soy un tipo que se levanta con miedo de no saber si está haciendo las cosas bien.”
Y ahí está la grieta entre el personaje profesional y la persona real.El problema no es tener un cargo.El problema es esconderse detrás de él.
Cuando empecé mi carrera, mi vida era puro Excel y KPI. Trabajaba en corporaciones, traje, targets, reuniones interminables. Todo impecable por fuera.Pero por dentro, nada de eso me representaba.
Mi verdadero origen está mucho antes.En una calle de Rosario, cuando todavía se podía jugar sin miedo.En una casa donde aprendí rápido que las cosas se pueden romper (mis viejos se separaron cuando tenía 8 años) y que igual podés reconstruirte.En la tarde en que mi vieja me regaló una computadora, y mi curiosidad me ganó tanto que la desarmé antes de prenderla.
No sabía que ese acto —aparentemente tonto— iba a marcar mi vida.Ahí empezó mi forma de ver el mundo: entenderlo desarmándolo.
A los 25 fundé Psicofxp. No tenía idea de lo que hacía, solo hambre de crear. Llegó a tener millones de visitas por mes.Y también me enseñó la otra cara: el vértigo del éxito y el silencio del fracaso.Cuando la empresa cayó, me quedé sin ahorros.Pero gané algo que ningún MBA enseña: identidad.
Porque cuando perdés todo lo que te da estatus, aparece quién sos en serio.
Durante años, seguí construyendo desde esa herida.Lideré agencias, fundé empresas, viajé, hablé en congresos.Hasta que un día, en 2019, todo volvió a tambalear.Sin ingresos, con deudas, y con una hija por nacer.Pensé en rendirme. Literalmente.
Pero fue Emma —sin haber nacido aún— la que me salvó.La que me obligó a elegir de nuevo.No desde el miedo, sino desde la presencia.
Ahí entendí que liderar no es tener respuestas, es animarse a mostrarse entero.
Desde entonces mi trabajo cambió.Ya no enseño a “venderse bien”, sino a mostrarse bien.A contar la historia que hay debajo del cargo.
Porque los cargos cambian.Las historias, no.
Lo veo en cada mentee.El que dejó de improvisar cada mañana y descubrió que la creatividad también se programa.La que perdió 27 veces antes de grabar su primer video, y cuando soltó el perfeccionismo, conectó de verdad.El que dio un webinar para ocho personas y de ahí salieron dos clientes y un aprendizaje: el impacto no se mide en cantidad.La que entendió que su marca personal no son los likes, sino la persona que la invita a un café para agradecerle lo que le cambió la vida.
Todos, en distintos tonos, aprenden lo mismo: no sos tu currículum, sos tu recorrido.
Mostrar la persona detrás del cargo no es debilidad, es estrategia.Y tiene efectos concretos:
* multiplica la recordación (las historias se recuerdan 22 veces más que los datos fríos);
* aumenta la credibilidad (la vulnerabilidad bien usada genera confianza);
* y sobre todo, te vuelve humano en un entorno donde todos compiten por parecer perfectos.
Pero ojo: no se trata de hacer terapia en público.La clave está en el para qué.No contás tu pasado para inspirar lástima, sino para ofrecer contexto.No hablás de tus caídas por exhibicionismo, sino para mostrar coherencia entre lo que predicás y lo que viviste.
Eso, cuando es real, se nota.Y cuando no, también.
Hoy, después de 25 años en tecnología y liderazgo, descubrí que el mayor diferencial no está en la estrategia, sino en la energía.Podés tener el mejor método, pero si no te mostrás, nadie confía.Podés tener mil logros, pero si no te revelás, nadie conecta.
Mi padre me enseñó a vender.Mi madre me enseñó a resistir.Mis hijas me enseñan a escuchar.Y Nati, mi compañera, me enseñó que el amor también puede ser una forma de liderazgo.
Todo eso soy.Y todo eso está en cada mentoría, aunque no lo diga.
Por eso, cuando acompaño a un líder, no miro su cargo.Miro su historia.Porque ahí está el código fuente de su marca.
Y si vos estás construyendo la tuya, quizá lo que te falta no es una estrategia nueva.Es animarte a contar quién sos cuando nadie te ve.
Te prometo que ese es el punto de inflexión donde la marca deja de ser marketing y se vuelve magnetismo.
A veces me preguntan por qué sigo dando mentorías después de tantos años.La respuesta es simple: porque cada vez que alguien se atreve a mostrarse sin máscara, siento que el trabajo vale la pena.Y porque sigo creyendo —con tozudez y ternura— que las marcas más poderosas son las que nacen del alma y no del algoritmo.
Si alguna vez sentís que tu historia se perdió entre cargos, métricas y presentaciones, puedo acompañarte a encontrarla.No para que te reinventes, sino para que recuerdes quién eras antes de todo eso.
—Isma
PS: Si este texto te movió algo, no lo dejes en el inbox. Contalo. El mundo necesita más profesionales que se animen a ser personas otra vez.
By Ismael BriascoHace poco un cliente me dijo algo que me quedó resonando:
“En mis posteos parezco un gerente. Pero en realidad soy un tipo que se levanta con miedo de no saber si está haciendo las cosas bien.”
Y ahí está la grieta entre el personaje profesional y la persona real.El problema no es tener un cargo.El problema es esconderse detrás de él.
Cuando empecé mi carrera, mi vida era puro Excel y KPI. Trabajaba en corporaciones, traje, targets, reuniones interminables. Todo impecable por fuera.Pero por dentro, nada de eso me representaba.
Mi verdadero origen está mucho antes.En una calle de Rosario, cuando todavía se podía jugar sin miedo.En una casa donde aprendí rápido que las cosas se pueden romper (mis viejos se separaron cuando tenía 8 años) y que igual podés reconstruirte.En la tarde en que mi vieja me regaló una computadora, y mi curiosidad me ganó tanto que la desarmé antes de prenderla.
No sabía que ese acto —aparentemente tonto— iba a marcar mi vida.Ahí empezó mi forma de ver el mundo: entenderlo desarmándolo.
A los 25 fundé Psicofxp. No tenía idea de lo que hacía, solo hambre de crear. Llegó a tener millones de visitas por mes.Y también me enseñó la otra cara: el vértigo del éxito y el silencio del fracaso.Cuando la empresa cayó, me quedé sin ahorros.Pero gané algo que ningún MBA enseña: identidad.
Porque cuando perdés todo lo que te da estatus, aparece quién sos en serio.
Durante años, seguí construyendo desde esa herida.Lideré agencias, fundé empresas, viajé, hablé en congresos.Hasta que un día, en 2019, todo volvió a tambalear.Sin ingresos, con deudas, y con una hija por nacer.Pensé en rendirme. Literalmente.
Pero fue Emma —sin haber nacido aún— la que me salvó.La que me obligó a elegir de nuevo.No desde el miedo, sino desde la presencia.
Ahí entendí que liderar no es tener respuestas, es animarse a mostrarse entero.
Desde entonces mi trabajo cambió.Ya no enseño a “venderse bien”, sino a mostrarse bien.A contar la historia que hay debajo del cargo.
Porque los cargos cambian.Las historias, no.
Lo veo en cada mentee.El que dejó de improvisar cada mañana y descubrió que la creatividad también se programa.La que perdió 27 veces antes de grabar su primer video, y cuando soltó el perfeccionismo, conectó de verdad.El que dio un webinar para ocho personas y de ahí salieron dos clientes y un aprendizaje: el impacto no se mide en cantidad.La que entendió que su marca personal no son los likes, sino la persona que la invita a un café para agradecerle lo que le cambió la vida.
Todos, en distintos tonos, aprenden lo mismo: no sos tu currículum, sos tu recorrido.
Mostrar la persona detrás del cargo no es debilidad, es estrategia.Y tiene efectos concretos:
* multiplica la recordación (las historias se recuerdan 22 veces más que los datos fríos);
* aumenta la credibilidad (la vulnerabilidad bien usada genera confianza);
* y sobre todo, te vuelve humano en un entorno donde todos compiten por parecer perfectos.
Pero ojo: no se trata de hacer terapia en público.La clave está en el para qué.No contás tu pasado para inspirar lástima, sino para ofrecer contexto.No hablás de tus caídas por exhibicionismo, sino para mostrar coherencia entre lo que predicás y lo que viviste.
Eso, cuando es real, se nota.Y cuando no, también.
Hoy, después de 25 años en tecnología y liderazgo, descubrí que el mayor diferencial no está en la estrategia, sino en la energía.Podés tener el mejor método, pero si no te mostrás, nadie confía.Podés tener mil logros, pero si no te revelás, nadie conecta.
Mi padre me enseñó a vender.Mi madre me enseñó a resistir.Mis hijas me enseñan a escuchar.Y Nati, mi compañera, me enseñó que el amor también puede ser una forma de liderazgo.
Todo eso soy.Y todo eso está en cada mentoría, aunque no lo diga.
Por eso, cuando acompaño a un líder, no miro su cargo.Miro su historia.Porque ahí está el código fuente de su marca.
Y si vos estás construyendo la tuya, quizá lo que te falta no es una estrategia nueva.Es animarte a contar quién sos cuando nadie te ve.
Te prometo que ese es el punto de inflexión donde la marca deja de ser marketing y se vuelve magnetismo.
A veces me preguntan por qué sigo dando mentorías después de tantos años.La respuesta es simple: porque cada vez que alguien se atreve a mostrarse sin máscara, siento que el trabajo vale la pena.Y porque sigo creyendo —con tozudez y ternura— que las marcas más poderosas son las que nacen del alma y no del algoritmo.
Si alguna vez sentís que tu historia se perdió entre cargos, métricas y presentaciones, puedo acompañarte a encontrarla.No para que te reinventes, sino para que recuerdes quién eras antes de todo eso.
—Isma
PS: Si este texto te movió algo, no lo dejes en el inbox. Contalo. El mundo necesita más profesionales que se animen a ser personas otra vez.