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Hace mucho tiempo, en 1854, Alfred Russel Wallace se adentró en el corazón febril del archipiélago malayo: un mundo rebosante de vida, deslumbrante, salvaje y de una diversidad prodigiosa. Presenciar su viaje a través de los ojos de Dios es contemplar un tapiz viviente, donde cada hilo resplandece con intención, cada criatura es una pincelada singular de ingenio insondable. El mundo al que llegó no fue casualidad; fue un poema épico.
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By Randy and Gaelyn Whitley KeithHace mucho tiempo, en 1854, Alfred Russel Wallace se adentró en el corazón febril del archipiélago malayo: un mundo rebosante de vida, deslumbrante, salvaje y de una diversidad prodigiosa. Presenciar su viaje a través de los ojos de Dios es contemplar un tapiz viviente, donde cada hilo resplandece con intención, cada criatura es una pincelada singular de ingenio insondable. El mundo al que llegó no fue casualidad; fue un poema épico.
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