Cuando llegamos a ese punto de entrega total de todo nuestro ser, entonces podemos ver la Gloria de Dios y el Señor puede hacer sus milagros sobrenaturales. El poder sobrenatural de Dios no se puede manifestar a través de la razón, a través de la carne, a través de las emociones, a través de una voluntad no quebrantada, sólo puede correr libre y fluídamente a través de una vasija, un conducto que esté totalmente sujeto a Él, ahuecado por el trato de Dios que entonces le permite a la Gracia divina fluir en una manera ininterrumpida, poderosa, fluída y efectiva.