Nadie sabe lo que nos aguarda mañana. No sabemos qué noticias recibiremos, qué desafíos tocarán nuestra puerta, qué cambios alterarán nuestros planes. El futuro, por definición, es incierto para nosotros. Pero no lo es para Dios. Él no improvisa. Él no se sorprende. Y la paz que promete no depende de que conozcamos el mañana, sino de que conozcamos a Aquel que gobierna el futuro.