Lo crucifican junto a dos delincuentes. Los soldados convierten sus ropas en objeto de juegos y apuestas; y se las reparten entre ellos. Los gobernantes se burlan diciendo: “¿No es este el Cristo? ¡Qué se salve a sí mismo!. Los soldados también se mofan de Jesús. Hasta el cartel que cuelga sobre la cruz tiene el fin de menospreciar al que está en la cruz.
Y el Señor, no se queja, no llora, no odia… Él ora. Y pide al Padre que perdone a los que de esta manera se portan con él. A los soldados, a los sacerdotes, a los gobernantes.