Ernesto se detuvo. Miró el arma desarmada sobre la mesa de acero inoxidable. Por un segundo, el silencio fue absoluto, roto solo por el goteo de una llave mal cerrada al fondo del local. Ernesto sabía que Saúl mentía. Lo sabía porque él mismo había verificado que el contacto en la aduana había amanecido flotando en el canal de Xochimilco dos días antes.