Abrir la boca más de la cuenta o jurar que nunca harás algo… Todos lo hemos hecho. Y al igual que el pez es atrapado al morder el anzuelo, la persona que habla en exceso termina siendo víctima de sus propias palabras.
Por la boca muere el pez y el hombre por la palabra. La verdad es que nuestras palabras podrían ser nuestro mayor castigo. Alguien una vez dijo: “Prefiero asegurarme de que mis palabras sean lo más dulces y suaves posible, no sea que un día tenga que tragármelas”, y no podemos estar más de acuerdo.