Confianza y abandono en Dios.
Ante el recuerdo de los horrores de los campos de concentración de la II Guerra
Mundial, el Papa Benedicto se pregunta: «¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué
permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción?». Una pregunta
que Israel, ya en el Antiguo Testamento, se hacía: «¿Por qué duermes? (…). ¿Por qué
nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia?» (Sal 44,24-25).
Dios no responderá a estas preguntas: a Él le podemos pedir todo menos el porqué de
las cosas; no tenemos derecho a pedirle cuentas. En realidad, Dios está y está
hablando; somos nosotros quienes no estamos [en su presencia] y, por tanto, no oímos
su voz. «Nosotros -dice Benedicto XVI- no podemos escrutar el secreto de Dios. Sólo
vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la
historia. En ese caso, no defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos sólo a su
destrucción».
En efecto, el problema no es que Dios no exista o que no esté, sino que los hombres
vivamos como si Dios no existiera. He aquí la respuesta de Dios: «¿Por qué estáis
con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» (Mc 4,40). Eso dijo Jesús a los apóstoles, y lo
mismo le dijo a santa Faustina Kowalska: «Hija mía, no tengas miedo de nada,
Yo siempre estoy contigo, aunque te parezca que no esté».