El modelo de familia que nos impone el Imperialismo es una familia narcisista: a la medida y en función del “yo”... pero si queremos apostar por una nueva familia para una nueva sociedad, la familia debe salir de sí misma, asumir el riesgo, vivir el amor adulto de hombres libres.
En la cultura obrera y cristiana, nuestros padres y abuelos han podido vivir la familia como fuente y escuela de solidaridad y ello por necesidad... no huyeron del sufrimiento ni del sacrificio, no buscaron reconocimientos sino que buscaron el último lugar, pusieron en primer lugar al más débil (niños y ancianos)... Estas familias fueron respuesta a su tiempo: la familia patriarcal rural y la familia nuclear industrial.
Hoy la respuesta a esta sociedad postindustrial y de la tecnología pasa por familias asociadas que vivan la solidaridad de forma cotidiana e institucional, en lo pequeño y en lo grande, incorporando varias generaciones, cultivando la complementariedad y creando respuestas entusiasmantes para los hijos durante todo su crecimiento.
La familia cristiana será testimonio si cultiva , como fruto de una intensa vivencia del Señor en la oración y en los sacramentos, la humildad, el sacrificio y la pobreza.
La familia que quiera ser escuela de solidaridad y afrontar las agresiones del sistema imperialista debe encontrar con otras familias nuevas formas de vida con un Ideal común y unos compromisos sociopolíticos de transformación de las estructuras injustas e insolidarias desde la solidaridad equivalente y la encarnación en los empobrecidos de la tierra.
Sólo poniendo en el centro los problemas de los últimos de la Tierra nuestros problemas se harán pequeños y experimentaremos (al igual que experimentaron nuestros padres y abuelos) que la vida sólo tiene sentido cuando se entrega por un Ideal mayor.
Sólo así seremos esperanza para nuestro mundo, para los empobrecidos de la tierra... pero también para nuestros hijos.