Muchas veces los creyentes nos sentimos más que sedientos; en ocasiones sentimos que tenemos el alma reseca, agrietada de tanta aridez. Y eso generalmente ocurre por una de tres razones.
En primer lugar, porque estamos bebiendo demasiado de las fuentes “evaporadoras” de este mundo, y bebiendo cada vez menos de la fuente que Dios nos ha provisto para calmar nuestra sed. No todo lo que se bebe calma la sed; algunos cosas más bien la incrementan. Es terrible cuando estamos sedientos y bebemos la bebida equivocada.
Y así le ocurre al creyente cuando se detiene demasiado en las cosas de este mundo, descuidando al mismo tiempo su comunión con Dios. Tarde o temprano sentirá como su alma se torna reseca y agrietada (comp. Jer. 2:11-13).
¿Es ese tu caso? ¿Te has dejado seducir por las cisternas rotas de este mundo que no retienen agua, y has descuidado la fuente de agua viva? No te extrañes, entonces, de que tienes el alma seca. No podría ser de otro modo, porque el que bebiere de esa agua que el mundo ofrece volverá a tener sed.
Pero otras veces el alma se reseca porque Dios no le está permitiendo en ese momento percibir Su presencia como en otras ocasiones. Los puritanos llamaban a esto “la deserción de Dios”. Es como si Dios desertara de nosotros y nos dejara solos.
Una vez más, debo insistir en que esto es una mera percepción, no una realidad. El sol se oculta tras las nubes en ocasiones, y no percibimos sus rayos ni vemos su luz, pero él sigue ahí sosteniendo la vida del mundo con su calor.