No somos perfectos. Por eso es importante aprender a pedir perdón, por las murmuraciones y habladurías, sin fundamento: la difamación, es un pecado grave. Cristo dice: ay de aquellos por quienes vienen los escándalos; mejor les fuera no haber nacido. Algunos creyentes hacen esfuerzos grandes en la Iglesia, para que los aplaudan, los estimen, por la fama; no para la gloria de Dios.