Había que derramar sangre, para la remisión de los pecados: ningún hombre tenía sangre limpia. La sangre de Jesús era sangre pura y divina. A pesar de la desobediencia de Adán y Eva, Dios no nos dejó abandonados; envió a su Único Hijo, quien encarnó en un cuerpo como el nuestro; para traernos el Evangelio. El que cree en esta Palabra, cree y ama a Cristo; será hecho hijo de Dios.