Describe cómo Jesús compara a los hombres de su generación con niños que se sientan en la plaza y se quejan porque no respondieron ni a la música de fiesta ni al lamento de una procesión de bodas o funerales. Jesús explica que esta generación no aceptó ni a Juan el Bautista, quien era asceta, ni a él mismo, quien comía y bebía, con críticas contradictorias, pero que la sabiduría se ha demostrado justa por sus hijos.