Jesús refuta la acusación de los escribas de que expulsa demonios por el poder de Beelzebul, explicando que un reino dividido no subsiste, lo que demuestra que su poder proviene de Dios, no de Satanás. Jesús advierte sobre la gravedad de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es atribuir la obra de Dios al demonio, un pecado que no tiene perdón.