Jesús llama a sus discípulos "la sal de la tierra" y "la luz del mundo", instándolos a que sus buenas obras brillen visiblemente para que la gente vea y glorifique a su Padre celestial. La metáfora de la sal resalta su función de preservar, sazonar y dar vida, mientras que la imagen de la luz subraya la necesidad de un testimonio abierto y visible, como una ciudad en un monte o una lámpara encendida sobre un candelero.