Narra un conflicto entre Jesús y los fariseos sobre la observancia del sábado, cuando los discípulos de Jesús arrancaron espigas para comer en sábado. Jesús les recordó cómo David comió los panes consagrados, prohibidos a otros, y que los sacerdotes profanan el sábado en el templo sin ser culpados. Concluye afirmando que el Hijo del Hombre, Jesús, es Señor del sábado y enseña que Dios quiere misericordia y no sacrificio.