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Hay niños que habitan el mundo a otra velocidad… como si sus pensamientos fueran por delante del reloj, y sus manos tradujeran universos que a los adultos nos toma décadas comprender.
Gabriel Felipe Ochoa Loaiza tiene apenas siete años. Pero, al escucharlo hablar o cantar, la noción tradicional de la infancia se expande.
Diagnosticado a los cinco años con altas capacidades intelectuales, y con un coeficiente que hoy alcanza los ciento treinta y ocho puntos, este pequeño no solo se prepara para ingresar a sexto grado de bachillerato.
También reparte su día entre la técnica vocal, el piano, la guitarra, la danza folclórica y las figuras de plastilina, que moldea de manera autodidacta.
Tras dejar recientemente el Quindío para afincarse, junto a su familia, en Villamaría, Caldas, Gabriel vive una cotidianidad que desafía los moldes del sistema educativo tradicional.
Estudia bajo un modelo virtual bilingüe, en el colegio Monterrosales, que se adapta a su ritmo voraz de aprendizaje.
Sueña con ingresar al Conservatorio de Manizales el próximo año, y encuentra en los bambucos y pasillos de la música andina colombiana… una voz propia.
Entre partidas de ajedrez con su hermano Juan Miguel, y tardes de lectura, Gabriel demuestra que la genialidad no borra la ternura de ser niño.
Hoy, en La Sal en la Herida de ELTIEMPO.COM y gamaMedios nos sentamos a conversar con una mente extraordinaria… que nos invita a cuestionar cómo estamos educando, escuchando y protegiendo los talentos del futuro.
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