Con frecuencia se ha calificado a los primeros anarquistas de místicos, mártires, proselitistas de una nueva religión. De hecho, pronto se les empezó a denominar "los apóstoles de la Idea". No nos parece una metáfora desacertada. (...)
Aquellos conversos laboraron en condiciones heroicas por el bien de la organización, y lo hicieron como una cuestión de fe porque durante largos meses no recibieron correo alguno. Sabían que la Internacional existía, que en países como Suiza, Bélgica, Alemania e Inglaterra era un organismo activo, pero no tenían ninguna prueba de ello. Actuaron sin referencias, sin contactos, sin noticias, sin comunicados ni instrucciones. Y todo lo hacían en nombre de la Asociación Internacional de Trabajadores (...)
Se conducían, y no creemos exagerar, guiados por una fuerza mística: la de la fe en la justicia y la libertad.
Y eso se había conseguido en buena media a lomos de burros, en trenes de tercera o en sacrificadas caminatas por pueblos y pedanías, casi como en tiempos de Jesucristo.
Las privaciones para esta labor proselitista eran inmensas, porque un simple viaje de un delegado para un congreso suponía dejar de percibir el jornal durante unos días y recurrir a la solidaridad de los compañeros, que en Madrid eran grabadores, tipógrafos, abaniqueros y oficios así. Para el primer congreso de los anarquistas españoles, celebrado en Barcelona, tuvieron que ser los propios catalanes los que costearan el desplazamiento de los delegados madrileños