Cuando el rey estaba a punto de cruzar el río, Simei cayó de rodillas ante él.
—Mi señor el rey, por favor, perdóneme—le rogó—. Olvide la terrible cosa que su siervo hizo cuando usted dejó Jerusalén. Que el rey lo borre de su mente. Estoy consciente de cuánto he pecado. Es por eso que he venido aquí este día, siendo el primero en todo Israel[c] en recibir a mi señor el rey.