Dios muestra su Grandeza para conducir la Nave de la iglesia con grandes Santos. Por ejemplo, hoy celebramos a San Gregorio Magno. Su nacimiento se sitúa en
Roma el año 540. Hombre de gran prestigio, desempeña cargos de
importancia, como es el de Prefecto de la Urbe.
También fue Legado
Pontificio en Constantinopla. Pronto la Providencia le llama a una
vocación especial: servir a Dios desde el carisma monacal. A los 50
años es elegido Papa, tras la muerte de Pelagio II, con un
Pontificado de grandes frutos en la comunidad eclesial.
Entre las
iniciativas pastorales que pone en marcha, están la expansión y
consolidación de la Fe, así como la reforma litúrgica para una
mayor vivencia del Misterio Salvífico dentro del pueblo cristiano.
Su espíritu, profundamente caritativo, se muestra en la ayuda a los
más necesitados, siguiendo los consejos de Cristo en el Evangelio.
Su insistencia en la oración hace que consiga la conversión a la Fe
de Inglaterra. Muere el año 640, cobrando especial relevancia los
escritos morales y teológicos que dejó a la Iglesia Universal. Todo
ello le valió el sobrenombre de Magno.